viernes, 16 de enero de 2015

FRANCISCO PRADA, UN HOMBRE ANTE EL TIEMPO



Pórtico
Estas palabras eran para decirlas en un homenaje preparado por el Museo Salvador Valero. En su oportunidad causas fortuitas hicieron suspender el acto. Hoy las colocamos en este portal como el homenaje que quisimos hacer a tan importante hombre contemporáneo.


   

         Francisco Prada es, desde ahora un hombre ante el tiempo, porque goza de una memoria trascendente. Tan es así que aquí estamos para conmemorarlo. Un hombre que es memoria, pues esa misma memoria viene desencadenando los homenajes que le hace el tiempo a quien fue un practicante de ciudadanía por los atributos que, como virtud, le llenaron la conciencia lúcida para la más definitiva de las autenticidades. A ver entonces, que con pocos sintagmas enunciativos podemos definirlo para saber que buscó una orientación que lo condujo por los caminos de una línea ideológica sobresaliente, dinámica y sólida; justamente la que lo hace acreedor a que su nombre se convierta en eponimia, en rasgo identitario, en camino a seguir por generaciones venideras. Su tiempo vive y su nombre es un espacio para la aventura creadora y transformadora, de los que como él entendieron al mundo de una manera distinta, humanizada y solidaria, pues eso es vivir de acuerdo a una moral desde el fondo de la conciencia, desde el mundo interior donde subyace el pensamiento para las mejores floraciones. Francisco Prada vive: su nombre desde la infinita distancia es una cercanía sin embargo; es un contertulio como siempre entre nosotros, y nos habla.
Francisco Prada, un amigo, un ser solidario que nos sigue dando la mano, y sigue sonriendo con nosotros. Y esa es la razón de este encuentro en el Museo, en su Museo, del que no puede alejarse, del que no dejaremos que se aleje, porque él es parte sustantiva de este lugar. Él ayudó a definirlo y a forjarlo, desde los puntos casi iniciales de su estructuración, hasta la cercanía de su muerte que no es muerte, sino lejanía que acerca; un ir que lo devuelve, un silencio que se convierte en alta voz, porque puede haber soledad de cuerpo, pero no hay soledad de espíritu en este caso, menos porque Prada sigue con sus ojos abiertos mirándonos a todos, a los artistas compañeros, a los creadores y amigos que aun lo necesitan, que lo van a seguir necesitando, porque lo que se siembra con amor renace con amor y cobra la propiedad de su permanencia en el tiempo.
De Prada podemos hablar en un plural que nos envuelve a todos, porque fácilmente es posible determinar que  sentimos las mismas emociones para referir su personalidad. Quiero decir, que lo que yo digo lo decimos como una coincidencia en la apreciación de lo que fue este hombre pleno por su senci­llez; y, al mismo tiempo, por su complejidad. Sencillez y complejidad como caracterizaciones de su personalidad. Y no lo digo con el sentido de la antinomia ni de la contrariedad, sino más bien desde una plenitud, una concurrencia y una armonización, como dejar ver que fue un hombre múltiple, capaz de hacer desparramar su personalidad en muchas direcciones, con un radio de acción y cubrimiento, desde la máxima sencillez posible en las cosas menudas de la cotidianidad como hombre del común, espontáneo, coloquial, informal, hasta un orden superior cuando tuvo que subir a los estrados en los que se hacía necesaria su condición académica y ductora. Entre esos saberes hizo debatir su vida, y eso lo convierte en sujeto trascendente, sin duda; en memoria y anhelo, como si dijéramos que aprender de su memoria es una buena forma de ser y de vivir.
Prada tiene muchas singularidades. Su plenitud es abarcadora. La irradiación de su personalidad tiene vértices que apuntan en muchas direcciones, como si se buscara en los demás y no en sí mismo. Esto último es un rasgo esencial de su personalidad: dar de sí, la entrega, a veces a una sola causa. Y esto es plausible. Otras veces, como su caso, entregarse también a una causa múltiple, pues fue un hombre incansable en el propósito del bien social común, de que la sociedad se dirija a un estatus solidario y compartido entre todos sin distingos, a que la existencia humana tenga un sentido de bienestar, de buena conciencia y  ética que conduzca con luminosidad a todo lo ancho del camino abierto. Puedo parafrasear y hacer uso de un lenguaje, apropiarme de otro lenguaje y hacerlo mío y decir con él: “en el bien, hay que buscar el bien y no la complacencia en uno mismo”, como hizo Prada siempre. Y todos los que lo conocimos podemos dar testimonio  de que él fue  así; que él siempre fue  así.
En otro sentido, puedo decir que Francisco Prada era hombre de saber culto, con una muy buena conformación cultural. En lo particular lo admiraba por la afluencia que encontraba en su palabra, en la expresión densa y rigurosa
de su conceptualidad. Pocas veces fue a un programa que yo conducía en la radio, y al hablar él, yo infería que estaba delante de un hombre intelectualmente bien formado, trajinado por una adquisición humanística de gran densidad, manejador de un consumado lenguaje formal, tanto que desafiaba al conocimiento por el   mismo conocimiento que tenía de las cosas. Y eso es muy importante para el liderazgo, y Prada fue un líder en plenitud expresiva porque conmovía y convencía con la palabra y, de igual forma por su praxis conductual. A cualquiera le gustaba leerlo también cuando era el género ensayístico o el simple artículo escrito, lo que le permita expresar su vasta ideología cultural, política, sociológica, filosófica, artística, porque manejó la dimensión del saber culto como un humanista en plenitud.
A veces uno se tropieza con individuos, o mejor, ciudadanos, porque ciudadanía es consciencia. Y provoca hacerles una petición o sugerencia. Podría decirse, no sé, si es un atrevimiento la propuesta, pero provoca hacerla. Es la de pedirles que aprovechen ese don, la plenitud de su lenguaje, la elevación del conocimiento poseído para expresarlos en obra escrita, que los hará trascendentes, sin duda. Hay  personajes en medio de nosotros que tienen esa capacidad adquirida, no sé si en­tre dones naturales y logrados. Pero cuánta memoria se ha perdido por el no hacer, por falta de esa necesaria entrega a la escritura de una pedagogía to­tal. Mi sugestión la he realizado a tres personalidades trujillanas: al Dr. Víctor Valera Martínez, a la Dra. Diana Rengifo de Briceño y la tercera personalidad a la que hice mi propuesta fue, precisamente, Francisco Prada, por signos de admiración y por el reconocimiento que daba a su formación intelectual, con la que seguramente pudo llenarnos de buenos libros que lo harían también, en la trascendencia del tiempo, una memoria escrita, una de las mejores y mayores memorias escritas de toda la bibliografía trujillana.
Otra faceta de la personalidad de este ciudadano a quien se exalta como premio moral, era sin duda, su don de gente, su calidad humana. La sencillez viene a ser también una grandeza en la persona, que la constituye en una referencia social colectiva. Eso fue Prada entre nosotros: una referencia social coti­diana, sobre todo en los últimos años de su vida que los dejó transcurrir por estas calles, y con un trato colectivo. Eso lo engrandecía aún más y lo hacía feliz, saber que era  un ser humano transitando entre el común de los seres humanos contemporáneos. Saber que la vida más auténtica es la que se vive en un diarismo coloquial, sencillo, comunicante; ese sabor a pueblo que llena las alforjas del espíritu por encima de cualquier otra riqueza; esa palabra dicha o escuchada en un diálogo fraterno, franco y cordial, en el que  los sintagmas de la  familiaridad se hacen núcleos expresivos, como que todos le decíamos “Flaco” para identificarlo, con el gesto y la risa por delante, en un recodo o en el alero de una casa; en la ventanilla del carro o en el momento de la compra del periódico. En todo lugar posible, los trujillanos y los no trujillanos, topábamos con la amistad de Francisco Prada, y ese signo amistoso es ahora una pedurabilidad de su tiempo en el espacio integral de la trujillanía.
Y el Museo Salvador Valero. Cómo no perpetuar el nombre de Francisco Prada  en los aposentos de esta casa de la cultura popular y académica, en el seno de la Universidad, que Museo y Universidad fueron hogar de Prada, no para la pernoctación sino para la gran aventura de su capacidad y sentimiento humanos. Constituyente social integral de esta institución. Fortaleció el espíritu existencial de este Museo por las intensas cruzadas de lucha que supo dar para su consolidación y su esplendencia. Personaje de primera fila cuando hubo que dar un grito de angustia   por las calamidades y penurias de la institución; pero también gritó muy fuerte el ¡hurra! colectivo de la celebración y de la gloria, constituyentes importantes en la dimensión existencial de este centro de la cultura plástica. Por él entonces, a la historia no la vamos a considerar como un hecho ya vivido, sino que tiene, a su vez, los signos prospectivos de una memoria por hacer, de una plenitud por lograr, de nuevos retos y compromisos que deben venir en los espacios de los tiempos prospectivamente, como misión y visión, y razón de ser también del museo popular que lleva el nombre imperecedero de Salvador Valero.
Finalmente, me gustaría decir que la palabra juntura, no es muy eufónica que se diga, pero aquí contiene o le queremos dar una significancia simbólica, porque recordamos con fidelidad la emoción filial y la vasta identidad espiritual de la expresión ¡SALVADOR!, que emitió Prada, cuando entraron a este recinto en la urnita blanca los restos inmortales de Salvador Valero. Y lo digo, porque, constituye un hermoso acto simbólico el que ahora se junten en estos aposentos los nombres portentosos de Salvador Valero y de Francisco Prada, como hermandad que será plenitud de memoria identitaria, otra presencia luminosa que hará más grande al Centro por los nombres y la fuerza espiritual desparramada, como la mágica miel cromática de las ya múltiples obras de creación artística que plenan y ornan la grandiosa biografía de este instituto, como el mayor referente de la vida cultural trujillana.
 Felicitamos entonces a los autores de esta acertada disposición: a la profesora Carmen Araujo y su valioso equipo; a su esposa Laura Pérez Carmona de Prada, hijos y familiares, a las autoridades universitarias, a los creadores plásticos y otras personas involucradas, porque vemos que sigue en ascenso la dimensión del Museo Salvador Valero, en sus realizaciones y en sus valores.

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