jueves, 26 de enero de 2017

PALABRAS A JESÚS ENRIQUE ZULETA

Publicamos este trabajo sobre un gran trujillano. Ciudadano de este tiempo. Intelectual de renombre que está entre nosotros en la amistad, en la aportación, en el lenguaje. Zuleta guía y eso lo enaltece, pero más bien lo enorgullece porque ama a este pueblo que lo lleva en su corazón como una de sus razones de ser.

“Nuestra vida está compuesta por imágenes”, es verdad. Este concepto de imagen no es fácil de manejar, aunque uno lo asume e interpreta desde su propia perspectiva. Uno guarda imágenes, que pueden ser recuerdos, sí,  recuerdos de lo que ha vivido, del paso de su tiempo, de su propio tiempo, puesto en consonancia con la vida exterior que se junta a uno para una biografía total. La sensorialidad, -pues somos seres sensibles-, en nuestro proceso existencial va percibiendo todo, pero graba sólo algunas cosas, las que en verdad interesan. Como decir popularmente que uno todo lo ve, pero no creo que todo lo fije, porque entonces... ¡Imagínense! En nuestra memoria hay recordaciones, múltiples recordaciones, unas alegres y otras tristes porque no todo es color de rosa. El espectro solar pareciera meterse en uno y le va prestando sus colores para ir pintando las imágenes, las percepciones que activa el cerebro de acuerdo con nuestra capacidad, y así entendemos, interpretamos y procesamos en forma particular la aventura cierta de nuestra propia existencia. En mi caso, la nostalgia me anima casi cotidianamente, afina mi sensibilidad, me hace vivir de añoranzas de reminiscencias, de una constante reconstrucción de pasado, como si me gustara quedarme estacionado en el pasado.  En mí, particularmente, el pasado es un corpus que amo con deleite, hasta con fruición. (de  Rugeris, Galavis, González-( LUZ, 2013)

Hablo así, porque me piden que hable de Jesús Enrique Zuleta Rosario, y hablar de este ciudadano de la trujillanía, es como envolverse en una biografía colateral que se llena de lenguaje por todas dimensiones, hacer una totalidad y no una selección, cubrir todo un camino y no un aspecto de las múltiples vertientes por las que puede asumirse el conocimiento de este hombre ejemplo-paradigma sustentador de todo lo que puede haber en la configuración de una persona y de una personalidad, entre los rasgos del cuerpo y los rasgos del espíritu, la pertinencia eficaz de una vida bien entendida y sostenida, como hecho trascendente y trascendido a la vez, que todo lo configura este gran señor en el proceso vivencial de nuestra contemporaneidad regional. Dador continuo a la  sociedad-pueblo que todo lo ha sabido envolver su cultura desde una idiosincrasia  afectiva que lo ha animado como práctica de vida, hasta ese silencio formador y transformador que ha buscado con fuerza portentosa para  acrecer fundamentos y conocimientos, no en el aislamiento improductivo, sino en un “ocium” pensante que tanto lo fortalece y le da carácter en su intencionalidad humana puesta al servicio  de la ciencia y del humanismo, de lo que ha hecho una sólida cohesión, y transmitirla con la mayor idoneidad y desprendimiento moral a generaciones de gentes de muy diversa gama existencial, desde lo alto académico, que allí puede situarse destacada y solventemente, hasta la charla cotidiana, que pareciera gustarle  mayormente, en los lugares sociales-comunitarios, organizados y no organizados, porque Jesús Enrique es así, llano ,en su conducta efectiva que lo califica y valora como personalidad señera de la vida trujillana.   

Dije al inicio de estas palabras que las  puedo pronunciar  desde la propia biografía, desde  mí mismo, adentro y  profundo.  Poder hablar de una persona, de otra no lejana sino cercana, no distanciada sino avecindada, de un hilo conductor biográfico unificador más que separador, que no es extraño porque está en la memoria, en la mente, en el corazón. A cualquier persona uno la tiene en la mente, pero solamente tiene en el  corazón, a las que profundizan el afecto, la correspondencia, el cariño por la espontaneidad, y aún más, por  la familiaridad. Hay personas  que no son amigas, sino más bien hermanas, se va fundiendo la amistad en la hermandad;  lo afectivo se introduce en la venas, en las arterias como un fluencia, como una corriente  que da fuerzas y alegrías. La retórica poética lo sustenta, se va haciendo más poesía la que se va fusionando en el diálogo, en la comunión, en la fusión de uno y otro, desde la mera enunciación hasta el  apostrofar que deja llegar a la fusión total del yo y el tú, como sujetos líricos, como  una encarnación.

Puedo hablar de Jesús Enrique Zuleta como persona, como hombre cultural importante. Pero, qué cosa interesante, que también puedo hacerlo como amigo, y más profundamente hermoso, es que lo puedo hacer como hermano; porque, ¿no es acaso hermandad el conocimiento y la comunicación cotidiana, interfamiliar de tantos años compartidos en la pequeña ciudad de la nacencia?  ¿No se hacen hermosos los sujetos humanos que se hablan entre sí  en el lenguaje más común, más familiarizado por los afectos? ¿Quién olvida el olvido? Cita en interrogación a Reyna Rivas, el poeta Carlos Augusto León, cuando existe, en este caso,  un compañerismo de más de sesenta años, o un poco más, desde el primer encuentro escolar, la primera convivencia, del balbuciente lenguaje de una primera amistad: encuentro y desencuentro que se hizo rutina luego en el crecimiento parroquial de dos niños de la escuela primaria, de dos adolescentes de la escuela secundaria. En la primaria la primera corrección lingüística, recuerdo: “no se dice patada sino puntapié”, sintagma oracional no de Jesús Enrique  sino de su mamá Tamira, y que él se ríe cuando se lo recuerdo. O decirle que fuimos monaguillos los dos del padre Valera. Y luego más creciditos en el Colegio de los Curas, cuando lo increpó el padre Hernández para decirle: Jesús, ¿vos escribís la palabra dios con mayúscula o minúscula? Y la respuesta irreverente del interpelado: ¡con minúscula, padre!, con minúscula. Por esa respuesta perdió el veinte y la materia Castellano en el lejano año de l957, cuando estudiábamos primer año, en el para mí, inolvidable, colegio  dominico “Francisco de Vitoria”, de Trujillo. Y cuatro años más tarde, en el liceo Cristóbal Mendoza, el altercado con profesores por un malentendido en el Ateneo, cuando Jesús Enrique creyó que dos docentes se estaban burlando, y los denunció nada más y nada menos que en la Cartelera del “Centro Cultural Humanístico” que teníamos los alumnos de humanidades, y que, con tantos aciertos y calificaciones,  lo presidía el primer alumno del curso, nada más y nada menos que Jesús Enrique  Zuleta. Y mire usted que en el curso había alumnos sobresalientes, de alta calidad estudiantil. Así que esa capa intelectual que se le conoce, se la ganó este ciudadano que hoy tributamos, desde siempre,  desde el bachillerato, con el esfuerzo y la constancia con la que los seres inteligentes dirigen su destino y lo forman incansablemente a lo largo de su vida, y lo más significativo, que demuestran ser inteligentes cuando ponen ese conocimiento a trabajar desde el mismo corazón, desde lo profundo del ser, en procura de los otros sujetos que conviven en el medio social comunitario, muchos de ellos necesitados, urgidos de atención, como una protección espiritual que sana y corrige hacia caminos más propicios y más alentadores.

El tránsito vital de los miembros de nuestra generación, de los cuales varios permanecemos vinculados todavía, tiene ese condimento sentimental que lo ha fortalecido. Y eso es bueno, porque pareciera que no sólo hemos unido la hermandad en el tiempo, sino que estamos ahí como una fortaleza que ha  hecho cosas importantes y hecho crecer el nombre de la ciudad y del estado, lo que tal vez no se percibe a simple vista, pero que si es una gran concreción que está subyacente en los anales, y que poco a poco, en la medida de las circunstancias irá haciendo su aparición  para darle animación a sectores del cuerpo social, unos en mayor proporción que otros, pero con signos positivos todos, por esa obra del intelecto y del corazón formados con el  ideario  de la virtud y de la bondad útil, pedagogía sensible con la que debe obrarse como revelación de sabiduría en consonancia con los sentimientos. Y en esta obra sin duda, sobresale lo edificado por Jesús Enrique Zuleta, como el hermano mayor (no en edad, por favor), que lo reconocemos, me atrevería a decir, o el líder generacional, en el buen sentido del término líder,  quien ha estado siempre en el centro de una actividad científica, humanística, entre la educación, la cultura y el servicio social. Hombre del desprendimiento activo y presente en distintos frentes del estado, en el que se conoce como un ícono de identidad humana competente y solidario; participativo y eficaz, pues empuñó desde su juventud profesional  un deseo de formarse y de formar, de conformar una gran personalidad profesional y  académica por el estudio, pues pensó así siempre que la suficiencia en el conocimiento abre los más diversos cauces y lleva al hombre hacia los más sublimes ideales en una práctica del bien y de la solidaridad entre otros valores destacados. Su hoja de vida la conocemos todos, pero es bueno insistir en que la suya es una hoja de contenidos sustanciosos y enormes; acrecida en el tiempo en que se  dedicó al estudio como una ideología. Estudioso en lo más profundo a que se pueda llegar,  lector extremo y exigente, al límite de que el espacio más grande de su hogar es la biblioteca, atiborrada entre el orden y el desorden; la enorme biblioteca en la que hay libros de los más diversos géneros y autores; títulos a granel entre ciencias y literatura; filosofía y artes. Ah, porque usted lo puede abordar de lo que quiera en una temática plural, y para todo  Jesús Enrique tiene una respuesta profunda, adecuada y suficiente; su criterio formal convence a quien lo requiera,  luego de haber dado o indicado una lección reveladora de un buen conocimiento.

Siempre ha sido así, desde el liceo en que era un lector voraz y atrevido. Desafiaba a los profesores con sus lecturas, se les adelantaba, por lo que algunos lo miraban con respeto y parecían pedirle freno a sus inquietudes y a sus requerimientos. En la Universidad, lo mismo. Y confieso que tal vez haya sido éste el único lapso en que entre nosotros se perdieron las huellas y el encuentro. Jesús, ido de Trujillo se hizo un  trabajador a tiempo completo del estudio. Y la Universidad, en tiempo justo, lo devolvió formado, y fue entonces cuando él mismo desde la Universidad, comenzó esta vez un largo trayecto como educador, primero en pregrado, luego en postgrado, y luego en los más altos estrados de la formación académica universitaria, pues así como lo vemos, sencillo en su figura y  amigable, es un maestro del claustro, fecundo, pleno, definitivo. Un acto de esa historia profunda que la  misma universidad le ha reconocido. Aunque él nunca perdió su porte de valor sencillo, campechano, amistoso,  como se comporta en el trato con todos los demás.

Es un hombre de la cultura, sólida su formación cultural. Gusta de conversar de cultura, -para globalizar las temáticas-,  con todos los demás. Y la moraleja, es que no hace ostentación, no se coloca en el podio ni en la cátedra; maneja una informalidad de auténtico maestro, como debe ser, como manda hacer  la conducta recta  al hombre digno, como hace la sencillez al hombre sensible, que ve en el otro una naturaleza común, un igual, una plasmación humana que merece respeto por más que esté solicitando aprendizaje como un simple aprendiz. En Jesús Enrique habita una cultura muy sensible, por eso es tan agradable hablar con él, y por eso  tanto se aprende. Zuleta Rosario es un gran valor pedagógico, es una cualificación moral hecha persona.

Existe otro rasgo destacable en su personalidad. Me agrada mucho el hecho de que comparto con él esta posición. Es el amor por la ciudad, la compenetración por ese pequeño solar espacial, Trujillo,  en que están los ancestros y las primeras vivencias, y hasta las últimas pudieran estar,  por qué no. Ese afecto reverencial por el terrón de origen, de tanto significado y de tanto dolor a veces, por las agresiones y las injusticias de la mal llamada “civilización”. Jesús Enrique ha sido un defensor a ultranza de la ciudad de Trujillo, de los que muchos quizás no tengan conocimiento, pero soy testigo de excepción de esa correspondencia, de ese  nudo de memoria y recuerdo que vive en su pequeño pueblo con alma. En él se potencia seguramente la preocupación por el desamor que aparece. Él como ningún otro, se da cuenta de la falta de conciencia y de espíritu que existe en el poblador local  y en  la institucionalidad  por la ciudad. Él ha llorado las ruinas de muchas de las casas de la ciudad que no debieron desaparecer. Si tuviera un hálito mágico, traería a la realidad física tantos patrimonios que dejaron de ser físicos en la ciudad: monumentos  arrasados por la piqueta, lugares históricos que dejaron de ser una lección de humanismo y de sentimiento patrio; lugares de culto y de ritos arrancados de su sitio ancestral para sustituirlos por modelos arquitectónicos que nada dicen ni trasmiten. La misma dejadez del poblador contemporáneo divorciado de los sentimientos y las aspiraciones de la ciudad. Cuánto debe sufrir su profunda formación anímica, al analizar el estado de la pequeña urbe que antes fue grandiosa desde el espíritu educativo y cultural.

 Cuánta la despreocupación que ve en el colectivo  por no luchar contra la  desaparición de sus instituciones más significativas de la vida citadina en lo cultural,  tradicional y costumbrista: de la cultura social que tanto la distinguió, en sus ciudadanos conversadores que, en su actuación, fueron sabios y aportadores, en el entendimiento de lo que es una ciudad;  en sus medios de comunicación periodística, de los cuales se perdieron los archivos que contenían la mejor historia de la urbe, como el acontecimiento global que es. El hombre y suelo de Briceño  Iragorry, que llegó a  habló de que el poblador trujillano de antes fue  un  sujeto  cósmico por el conocimiento. Todo esto como enumeración interesante ha sido  su  constante preocupación. Sé que es así, me consta que es así, y a muchos de ustedes les sucede igual.  En Zuleta Rosario  se configura la trujillanía, condición dada por la práctica fecunda de la ciudadanía.

Otra virtud muy particular generada en la personalidad de este conterráneo, es que tiene una proyección, o ha logrado una proyección de conocimiento intelectual universal, sin haberse casi despegado de la tierra de origen. Desde su mismo hogar lugareño, sea la casa, la universidad, el consultorio profesional, ha dimensionado una cultura personal, una forma de ser intelectual, un conocimiento total de lo universal, que sabemos  lo tiene y por eso lo admiramos, porque Zuleta en su verdad existencial ha entendido que la profundidad está en uno mismo si es cultivador, si se tiene capacidad de enfrentar el reto que nos hace la cultura, si se topa y asimila la complejidad de las ciencias y de las humanidades, ese conjunto del hacer del hombre por sobre los laberintos de la historia, ese traer del retrotraer de la cultura universal que no pierde vigencia, como si fuese de este momento de la humanidad, aun siendo de siglos antiguos precedentes. Él, aprendió, como sostiene Enrique castellanos, “el exacto significado del tiempo en función de la conciencia del ser”, se sumergió siempre en ese escenario de la sustanciosa bibliografía superior para sacar de ella las fuentes formativas, las capacidades intelectuales que permiten la asimilación e interpretación del mundo natural y cultural, esencialmente de lo que ha hecho el hombre en su orden superior, que lo trasciende y universaliza en el espacio y el tiempo, tal como señala el concepto clásico del pensamiento humano.

Y algo muy importante, que no podemos soslayar, en una semblanza de Zuleta Rosario, es su capacidad para hacer una pedagogía sensible en todos sus procederes cotidianos, desde los más sencillos y convencionales, hasta los graves compromisos a que obliga su condición profesional académica. Sus actos son sensibles, su lenguaje,  su forma de actuar y de compartir   con el otro. Satura su espíritu con esa carga de bonhomía que a simple vista le vemos. Su trato y sonrisa cordiales por la amabilidad con que a todos se dirige por igual, ha creado una conducta sensible, por lo que todos los que lo rodean salen gananciosos de su simple conversación, y con mayor puntaje cuando se trata de asuntos de alguna temática especializada o particularizada. Esa condición de ser sensible a la par de servirle para llegar a todos con una gran efectividad, le permite el acceso a los lugares con toda la naturalidad para un  bordaje desde la conferencia exhaustiva hasta la conversación informal, como es la vida deseable de la persona humana, que es eso, un ser humano dotado y necesitado de la competencia comunicativa para su condición social y sujeto de cultura. Un axioma argentina nos indica que “En pedagogía el que no sabe achicarse no logra enseñar”. Y a veces se cree, equivocadamente, que si el docente o dirigente baja su actuación a nivel del grupo, él mismo se está  rebajando, cuando lo que deviene esa actitud es una gran condición pedagógica para el acto o proceso de la enseñanza  que es un proceso dual: enseñanza-aprendizaje, una actividad entre humanos, una integración con gran sentido recíproco.

Ahora, en este tiempo lúcido que todos vivimos todavía y cuando queremos correspondernos y entendemos;  la necesidad del homenaje, de lo que se llama “los homenajes del tiempo”, que se dan para recibir como un correspondencia moral, muy humana también y de mucho signo espiritual. Los componentes de una sociedad se reúnen y acuerdan una disposición conjunta de rendir homenaje a una persona, a un ciudadano meritorio que ha servido, que ha sido útil por la efectividad de su doctrina, que ha inculcado mensajes sanos y positivos, con el sentido de dar de sí, como una eficacia interior, de sentimientos, de desprendimientos. Y eso es lo acordado y es en lo que estamos: en  un acto en que un grupo ciudadano se reúne para homenajear a un ciudadano ético, de creencias y actitudes muy bien personificadas y practicadas con  una moral formadora de valores también, de actitudes para un cambio o un comportamiento deseable. Jesús Enrique Zuleta Rosario, que es un fundador y un agente de  fraternidad comprobada,  recibe un reconocimiento en un acto plausible  que debemos aplaudir, porque es justicia que se hace al mérito académico, pero con un mayor sentimiento, a la condición humana, al mundo interior, al animado espíritu de un hombre con probidad, caracterizado por una humildad dictada por su inteligencia, por ancestros familiares, por la autenticidad:  una personalidad forjada por las calidades de las grandes enseñanzas recibidas familiar, escolar y experiencialmente; y, colocadas en posición de destino para ayudar a desarrollar formas de vida que facilitan la vida y el bienestar de muchos otros de muy variados contextos sociales-comunitarios.


“Vivir es crecer” es otro axioma que me parece interesante. Y a este acto, amistoso y fraterno, bien pudiera yo repetir que hemos venido a vivir, y que hemos venido a crecer”.

domingo, 25 de septiembre de 2016

FRAGMENTOS


En lo adelante, estimados lectores, estaremos presentando pequeños textos recogidos, o mejor, escogidos, de entre la larga escritura realizada. Una síntesis conceptual de un lenguaje expositivo, cuyo propósito fundamental, es haber querido transmitir un ideario pedagógico, yacente en el espíritu de un escritor, -que como tal me siento-,  que ha visto transcurrir su vida en labores educativas escolares, en los distintos ámbitos del sistema educativo, en el que hemos ejercido esta delicada función cual profesión y tarea enaltecedoras.

Pero, además, en un largo trecho existencial, nos ha gustado hablar de las cosas menudas de la evolución socio-histórica de la ciudad y del estado, en labores cronísticas, con cuya práctica tenemos elaborados varios libros, entre publicados e inéditos, de los cuales, en una labor de búsqueda adelantada en los últimos meses, hemos ido escogiendo trozos, fragmentos, párrafos, de contenidos esencialmente conceptuales, para con ellos, ir cultivando este “jardín” definido, como se puede ver, con las múltiples germinaciones que lo integran en sus diferentes secciones o capítulos.

DE LO GEOGRÁFICO-HISTÓRICO
JARDÍN DE EXORDIOS – TOMO I

1
No dejo de querer a esta tierra que me anida. Las calles con el tiempo detenido. Sus casas grandes en el centro y los alrededores. Y la lineal visión alargada de sus dos calles principales. No oculto el sentimiento de escribir sobre la historia y el acontecer de mi nativa tierra, de sus glorias y de sus fracasos. En ella aún palpitan las grandes epopeyas de la Emancipación, cumplidas por sus hijos y por hombres de otras tierras, que vinieron en aquellos tiempos lejanos a cubrirla con sus hazañas portentosas en la búsqueda de la Independencia.  Se perpetúan en ella los cantos de aquellos pobladores que, con sus instrumentos y sus voces, y con su vena compositora, daban sus serenatas en los ventanales de las casonas, en las noches silentes de la pequeña urbe. Ciudad de ilimitada condición anímica, con su iglesia, con sus tejas, con sus campanas: imágenes del espíritu creyente que han sido pan espiritual del habitante. Tierra cargada de memorias y desmemorias, arrastra secularmente los signos de sus tradiciones  y leyendas, que han servido para eternizar su hondo significado cultural. A pesar de su apariencia pueblerina, este bendito suelo  lleva en su conciencia, la grandeza ancestral de ser la Ciudad de la Paz. La presiden en la estela inmemorial de sus edades, el viejo templo en que han rezado los siglos, y el egregio monumento que desafía la altura inconmensurable de los nuevos tiempos.

2
La ciudad es una realidad pública que busca y debe ser eficiente. Son los individuos agrupados en una red dirigida hacia un hecho concreto, una meta o lugar buscado con sentido prospectivo y real. Una concreción de obras terminadas con características de servicio y utilidad. Una ciudad es un organismo viviente, pues son los habitantes los que la empujan hacia adelante, con la mirada dirigente y supervisora de especialistas previamente dotados de un proyecto para la visualización  de la empresa total que le da vida y le permite el ascenso hacia los estadios de la prosperidad. Convertida en una red de servicios públicos en consonancia con las necesidades de la población, mirada con signos de grandeza, partiendo de sus componentes unitarios bien agrupados y enredados con ansias de significado, con el sentido completo de la eficacia en el funcionamiento de sus dependencias, con sus espacios abiertos para una mejor existencia, con los pobladores dispuestos a ocupar y hacer funcionar esos espacios, con un conjunto de escenarios vivos y bien organizados. Donde sea precisa la concurrencia masiva a participar y hacer participar a todos en conjunto, con la búsqueda incesante de propuestas para alcanzar los valores sociales que son los que permiten existir bien, con los fundamentos de una cultura esencial de servicios múltiples, puestos a funcionar para alcanzar mayoritariamente sus beneficios integrales.

3
Las pequeñas ciudades primigenias, y más aún otros pueblos, fueron de una baja línea horizontal. Así se percibe por las formas que se dibujan en los viejos daguerrotipos. Y en su totalidad fueron esencialmente monocolores, como para darles una gran dimensión de antigüedad. Ver estos grabados anima a los que sienten amor por la historia, porque se encuentra en ellos una fortaleza espiritual que la define tangiblemente la presencia de hombres y mujeres que allí hubo como pobladores. Y hoy, desde distintos ángulos, se puede replantear la vida de aquellos habitantes que anduvieron en la cotidianidad por las aceras y las calles largas y delgadas, que también se distinguen en las detenidas imágenes de los daguerrotipos de pueblos y ciudades.

4
En aquellos tiempos, entre los siglos, las obras públicas fueron construidas con escasos recursos materiales y técnicos. Están allí en los daguerrotipos. Se ven como un triunfo de aquella ingeniería, o mejor, de la pericia de los albañiles prácticos que las levantaron, dirigidos por ellos mismos; hechas, muchas de ellas sin ninguna planificación previa, aunque con honda responsabilidad y un profundo criterio formal. La memoria gráfica  de ese largo tiempo permanece recogida en diversos documentos públicos y privados. Lástima que no hubo el cuido de personas entendidas, pero sin criterio de posterioridad, por salvaguardar aquel patrimonio documental formado durante el proceso constructivo de las obras públicas y privadas: carreteras y puentes; casa y edificios, y construcciones de otros tipos, para lo que, tanto el gobierno como personas particulares, solían contratar fotógrafos especializados. Y muchos, la mayoría de aquellos documentos se perdieron, lo que impide al investigador tener el apoyo ilustrativo o los pormenores gráficos de tal como era en la realidad la obra en ejecución. La implacable acción del tiempo sobre el documento de papel, la desidia en otros casos, y hasta la ignorancia  dieron al traste con documentos  fotográficos del ayer de la ciudad.

lunes, 28 de marzo de 2016

UNA SEMBLANZA DE LA DOCTORA ELINA ROJAS

Hay canto y soledad entre nosotros. Cantos que se tornan espirituales, hímnicos, para despedir la existencia terrenal de una gran mujer, íntegra por sus valores e integral por su vasta formación; dispuesta al servicio de las mejores causas, dentro de este cuerpo social en que vivió.

Aparece ahora una inmensa soledad entre nosotros, originada por la ausencia que es dolor y despedida, como un silencio. Canto y soledad en el momento de la sentida muerte de la doctora Elina Rojas, nombre y apellidos vigorosos, de una mujer que entendió su destino y lo supo vivir. Para ella entonces nuestro homenaje, el tributo emocionado de quienes fuimos sus compañeros de trabajo en la Universidad, en esta casa de Carmona, que sostiene el tiempo y el espacio del alma mater en la máxima significancia. Alma mater como frase memorable, que en sentido individualizado, lo podemos aplicar a ella, por su personalidad descollante como mujer de espíritu y madre solícita, por el amor que dio como una siembra expandida de lo familiar a lo social; desde el hogar a la comunidad, porque hogar y servicio comunitario fueron las dos ramas enlazadas de su escudo de vida, como una bandera desplegada.

Lo importante en la función social de la persona, es hacerse íntegra moralmente cuando sirve a la colectividad. El servicio social es, debe ser, tiene que ser, una inquieta emoción cotidiana del ser humano, cuando éste ha adquirido conocimientos y aptitudes para hacer el bien, unas veces por la acción que sabe poner en práctica como profesional; otras, para complementar esa  vocación por medio de su participación en instituciones y asociaciones dirigidas, como un empeño, hacia fines serviciales. Este juicio contiene y valora la personalidad vital de la doctora Elina.

Fue una mujer de profunda raigambre con los asuntos del espíritu, de su propio mundo interior. Actuaba con los dictados de su alma, de su conformación afectiva. En silencio casi siempre, sin aspavientos figurativos, con una parsimonia en el caminar y el hablar, pensativa y meditabunda, sacando fuerzas como un ideario de conciencia, haciendo cosas provechosas y aportes, como sustancias nutricias de su pensamiento, que lo llenaron el estudio y el conocimiento de la ciencia, aunque también, una praxis profesional que no le dio descanso, como todos nosotros estamos en capacidad de testificar.

Hermosa plenitud la de la doctora Elina. Con qué gusto le dábamos el doctorado. Pudimos llamarla Elina simplemente. Pero ninguna otra persona como ella merecía el reconocimiento de su doctorado, que siendo un inmenso valor académico, era en ella más bien un título de afecto y de cariño, un reconocimiento a su religiosidad, cuando usamos el término con visos de sentimientos, de veneración a lo que se practica, de “normas morales para la conducta individual y social”, como una práctica de virtudes que nos mueven, como una obligación de conciencia y cumplimiento de saberes.

Mujer moralizada, impulsada por las acciones del corazón. Daba a su propia consistencia una razón humana en la autenticidad, en la colaboración, en el reconocimiento del otro, porque la vida tiene sentido de diálogo, es y debe ser un diálogo para hacerla fructífera, como la producción de una gran cosecha; la moral como prueba del entendimiento o de la conciencia: la conducta que manda el saber ser inteligente.

Mujer familiar, supo dirigir su hogar como una plenitud de correspondencias entre ella, sus hijas y su hijo: triunfo y adoración de su vida en esa entrega que todos llegamos a notarle, y en esa satisfacción de ser madre, practicante de una maternidad solícita y solidaria. Sabía de familia y extendía el concepto hasta su entorno profesional y amigo, con gran sentimiento de compañerismo llano y sin ceremonia, como una característica de su personalidad.

Una inmensa luz comenzará a alumbrar en recuerdo de esa mujer que está allí yacente, en la quietud de su vida trascendida y trascendente. Y habrá una voz que no se callará en estos espacios, gravitando entre nosotros, como un ideario.

Una inmensa huella, profunda y en todas direcciones, nos llevará desde ahora hacia el recuerdo vivo de la doctora Elina; abierta huella en los corredores y salones de este histórico edificio que lo fabricó el destino para el gran proyecto de la educación. Abrirán senda los recuerdos y la nostalgia por esta mujer sencilla y luminosa que, desde la humildad y la pobreza, supo esplender y llegó a ser doctora, que lo fue sin hacer ostentación de vanidad ni falso orgullo, más bien, para ser eficaz en las enseñanzas, dar mayor presencia al espíritu, a los sanos conocimientos y creencias, la mejor aplicación de la sabiduría y para usar en la cotidianidad de éste y otros espacios, la gracia femenina de la cordialidad y la amabilidad, que son también valores componentes de un doctorado ejercido con mucha calidad humana.

Quiera Dios que la luz del ejemplo de trabajo que dio la doctora Elina, sea una de las razones supremas que orienten en adelante la vida de nuestra institución académica universitaria. Ojalá que así sea

lunes, 8 de febrero de 2016

MEMORIA Y DESMEMORIA

EXORDIO

La historia nos hace sentir cómplices de los que supieron ser ciudadanos y dieron ejemplo por sus hechuras sociales. Ella nos pone en contacto documental con lo que fue en su momento una acción que se convirtió, con el paso del tiempo, en una obra de importancia. La historia nos hace devotos y nos inculca lecciones de moral dictada por los ciudadanos útiles de las ciudades y de los pueblos, cuando enfrentados a miserias, limitaciones y calamidades, no se amilanaron ante los obstáculos, sino que los sobrepasaron para que surgieran los signos propicios de la vida que ellos mismos vieron y que quisieron siempre vivieran las generaciones humanas que los sobrevivieran.

LA AÑEJA TORRE

La añeja Torre de la Catedral. Imponente. Es vino fragante de la nativa historia. Nosotros crecimos bajo su presencia. Su sentido religioso cuida nuestros pasos desde tanto tiempo. La Torre es el permanente valor espiritual de Trujillo. Ella cobijó a los viejos abuelos con su férreo manto. Es un valor arquitectónico. Es un monumento al amor y a la fe.

Los tiempos de los antepasados fueron siempre visionarios. Fueron palabra y parábola para mirar la realidad social. De allí, provino la idea de su hechura y su fabricación. Los rezos y oraciones en el interior de los templos locales sustentaron los pilares afectivos para su futura edificación. Horas serenas y días apacibles los de aquellos años finales del siglo XIX. Los pobladores vieron como el noble arquitecto italiano iba dirigiendo los trabajos de la construcción de la Torre. No en vano la placa conmemorativa refleja el hecho en una de las paredes de la Catedral: “Esta ciudad tributa honor a S. Lucas Montani. Eximio Constructor de esta Torre 1886-1893. Sus restos inmortales posan en ella”.

Fue levantándose durante seis largos años. Como anexo imprescindible para las funciones del templo principal, en el que oficiaba con total entrega y celo eucarístico el Padre Carrillo. Vicario hacedor con una trayectoria apostólica que cubrió parte importante del siglo muriente y largos años después en ese otro siglo XX.

La Torre ha sido primavera y otoño alternativamente, como es la historia del hombre sobre el suelo. Los largos años desde la Colonia comenzaron a llenar de pátina este templo de la parroquia central. La iglesia vio el paso de los guerreros de la Independencia que por aquí muchos anduvieron libertando pueblos. En otro tranco, atestiguó los signos de civilización del general Cruz Carrillo y del civilista Carrillo Guerra. A escasos años de su inauguración, en 1893, la Torre soportó la agresión del bravo caudillo González Pacheco, que osó incendiarle las entrañas y la tiñó de negro. Luego, muchos años después, alquimistas citadinos le quitaron la pátina negra y la pintaron de blanco, cuestión aprobada por unos y reprobada por otros. Y así, vestida de blanco ha permanecido por años su piel perenne.

La Torre de la Catedral preside la condición histórica de la ciudad. Aunque ella no es colonial, si lo es la iglesia. A sus alrededores viven los ancestros de la urbe cuatricentenaria. Ella ayuda mucho a que la estampa de la vieja iglesia sea el patrimonio histórico que nos enorgullece. La Torre es, por demás, un hermoso tatuaje de fe en el alma de los trujillanos.

LA CASONA DE LA CALLE REAL

Ahí está, arrojada, como cansada en la imagen del viejo daguerrotipo. Pero viva, siempre viva como una lección de integridad. La casona vencida de tiempo por la carga de su historia, aunque ha sabido soportar los rigores seculares. Nada le ha derrumbado. Es la más gallarda estampa de la ciudad colonial. Ahí, hermanada con las otras casas que siguen en línea en dirección a la Plaza Mayor y, en contrario, hacia el Convento de los  Franciscanos. Ahí, los pasos y las huellas icónicas en la calle principal. Y con las piedras rotas ahuecadas de siglos y pisadas.

La apacible Calle Real de Trujillo, ciudad en la que se forjó la Independencia de la Provincia. Desde entonces, ese nombre para llamarla. Y la casa, la mayor de todas con su frontis hermoso. De una sola puerta, inmensa, majestuosa. Abierta en luminosidad para facilitar el ingreso a los patriotas que enfrentaban a los realistas españoles para darnos la libertad. Como si pudiéramos saber de arte arquitectónico para describirla en sus más pequeños detalles.

La casona augusta, que tuvo y tiene el coraje de permanecer como una gran lección de trujillanía. A pesar del ultraje y de las negaciones. De las afrentas ominosas que, en vano, tratan de restarle méritos y autenticidad. La más clara denuncia. La más palpable prueba de su valor, es ella misma, sin duda alguna.

En vano, el tiempo de la naturaleza y la propia iniquidad humana trataron de derrumbarla en épocas distintas. Antes, ciertamente, tuvo días aciagos y tormentosos. Durante un lago lapso estuvo casi dormida de abandono. Hasta intentos hubo de picarle sus paredes centenarias para hacerla más “moderna”. Pero alguien, en arenga oportuna y fortunosa, impidió el sacrilegio. Y con ello, la defensa de la historia. Dijo aquel buen hombre (Rafael María Villasmil), que al tumbarla, se perderían las huellas de los próceres que la caminaron por sus corredores y aposentos. Y así, aquellos pasos memorables de la historia quedaron intactos, luego de dos restauraciones que se le hicieron: la primera, para el Ateneo; y la segunda, para el Centro de Historia del Estado. Ahí están aquellas huellas luminosas. Gravitan vivas, llenas de una grandeza secular inmarcesible.

Por tales atributos la entrañable casona condensa el historial de la trujillanía. Cómo no amarla sin ambages ni componendas. Cómo no respetarla. Cómo no reconocerla como hogar de la suprema historicidad regional. Aquí, en esta casona, cuenta el historiador:

“Se desarrollaron sucesos de gran trascendencia para la vida republicana”
Y asienta también, este mismo historiador:
“Dentro de sus muros, Trujillo está allí, con la verticalidad de sus ejecutorías” (Briceño Valero)


La casona severa, como fue la ciudad colonial. Firme siempre como ha permanecido ante los avatares del tiempo. Invencible como tales hombres de la patria primigenia. Guarda en sus espacios el eco de las voces que atronaron en los momentos portentosos de las asambleas, cuando ciudadanos representativos, junto con el pueblo, pronunciaron en ellas las palabras inmortales de la proclama total de la libertad y de la emancipación.

miércoles, 6 de enero de 2016

LOS ADORADOS REYES MAGOS

Siempre así, adoradores ellos y adorados ellos por todos: los Tres Reyes Magos llegan en estos primeros días del año, para contentamiento de la humanidad asidua a la tradición, admirada del escenario fastuoso por el rico atuendo, aunque sencillo, en el sentido popular de la celebración religiosa. Y de lo religioso, pasa a lo popular, con el objetivo de alegrar al pueblo, fundamentalmente a los niños del mundo, que los sienten venir, que les escriben cartas petitorias, y que por nada aceptarían otra versión que aquella de la fidelidad a la creencia que los humaniza y familiariza, hasta hacerlos padrinos o compadres en el círculo breve de un hogar determinado.

Los Reyes de la tradición enseñan muchas cosas. La iglesia los puso en el lugar de las escrituras con una misión determinada. El objetivo supremo es reconocer la superioridad de Aquel que nació Niño y Rey absoluto del universo. El Unigénito, el Mesías, el anunciado por la historia para librar las grandes causas de la humanidad. A ese Rey grande habrían de venir a rendir culto los Tres Reyes Magos de Oriente. Desde los lejanos horizontes llegaría el cumplido de una adoración filial, a entregar riquezas y honores, a rendir una cálida emoción de obediencia. La iglesia refiere entonces la actitud de estos varones poseídos de una gran humildad por encima de toda otra caracterización. La adoración de los Reyes Magos como acto divino. La leyenda se ha quedado en la historia. Se ha agigantado con el paso de los siglos, porque en tanto haya una nueva visión o versión dadas por el artista o el poeta, allí estará la vigencia de estos tres reyes especiales, que siguen diciendo a la humanidad la conveniencia de aceptar supremacías, superioridades, estrados por encima, como lección para nunca creerse el ungido definitivo, porque en resumidas cuentas, nadie tiene la última verdad, ni ocupa el lugar supremo, sino Aquel que es Dios, y que reúne condiciones impuestas por el Padre, como paradoja, el mismo Hijo, es decir, la misma grandeza, elevada arriba, en el Cielo.

Los Reyes de túnicas vistosas. Así los recuerdo siempre. Mi madre los guardaba con suma reverencia. Jamás en los cajones se ajaron sus vestidos. Si acaso un leve raspón en la nariz de Gaspar o un leve desteñido de la túnica de Baltasar. Pero, en definitiva, los tres respetados señores de tantos años de infancia y adolescencia, vivían en mi casa en las mejores condiciones, muy cerca del altar de los santos, pues al fin y al cabo ellos también son santos. Rezongaba mi madre cuando alguno de nosotros se atrevía a remover la caja, para mirar en su interior el rostro de ébano del Rey Negro.

Y los artistas han conformado un legado histórico para testimoniar su admiración por las tres personas reales. Unos los colocan en el momento supremo de la adoración. Otros en la larga caminata desde los países orientales. Otros más, en las cercanías del Portal de Belén. Ahí, en la antesala del pesebre, alegrando el rostro sorprendido del recién nacido, que hasta el momento de la llegada de los Reyes era sólo heno y animales, y estos últimos alarmados también por la angelical mirada de la Virgen María, la Madre de la excelsa criatura naciente. Los Reyes depositando cumplidos en el portal del otro Rey, del que habían recibido noticias por el brillo mayúsculo de las estrellas, y por la comunicación directa de los ángeles, que fueron por el mundo anunciando la nueva del nacimiento del Hijo de Dios.


Los santos Reyes Magos viven eternamente. Están siempre en medio de los hombres de bien. En la grandeza de una fe que no muere por su sinceridad. Monarcas de la ingenuidad en lo que de puro tiene el corazón de los hombres. Vivieron llenos de humildad. Fueron a postrarse delante de Aquel que no conocían sino por revelaciones divinas. A Él sirvieron con devoción y desprendimiento. Por eso ellos viven en nosotros, en nuestra eterna devoción.

jueves, 24 de diciembre de 2015

MURALES DECEMBRINOS

Rostro del amor es diciembre con la frenética emoción de sus días. Este último mes del año nos impulsa a buscar la felicidad en lo que de humana tiene y se desafían las cosas terrestres, las hechuras del hombre para buscar un horizonte distinto representado por el nacimiento del Niño Dios, a quien todos cantamos con una gran esperanza. En diciembre se incineran los malos momentos, nos apartamos un poco de nuestras preocupaciones habituales para redefinir nuestra propia vida en la felicidad y en la prosperidad. Desear un feliz año nuevo no es otra cosa que alimentar una esperanza, una vida mejor.

Que este diciembre sea de reencuentro y de fraternidad entre todos los trujillanos. Es nuestro mejor deseo.

CANTOS DE LA NAVIDAD

Siempre por este tiempo final del año llega a nuestras casas pesebres grandes o pequeños pero todos receptores de luces y de adornos brillantes. Como condición para hacerlos real y pascualmente festivos. Las mujeres de la casa, que son las que fabrican siempre la navidad hogareña, sacan de viejas cajas las cosas guardadas desde el año anterior. Así se van redescubriendo, entre otros adornos, las lindas estrellas cubiertas de escarcha. De la destartalada caja de cartón van emergiendo otros típicos juguetes navideños; tenues campanitas, muchos angelitos y muñecos de anime, casi en su totalidad pastores que merodearán en los días pascuales por los alrededores del Nacimiento. La navidad tiene que gustar a todos. No hay fecha más cargada de alegría que esta época final del año cuando desaparecen las privaciones y las calamidades para la celebración efusiva del advenimiento del Niño Dios, redentor del mundo. Por esta consideración, fundamentalmente, nos gusta la navidad, y la celebramos con alborozo y entusiasmo. La humanidad festeja la Natividad. Tiene que ser así para darle sabor del amor a todo cuanto nos rodea. “Cantemos a la Virgen/ con fervor/ y regalemos flores/ a nuestro redentor./ Adoremos al Niño./ Salvador/ Y bendigamos todos/ Tan hermoso primor”.

En el tiempo continúa fluyendo el ideal de la Navidad. La humanidad está sujeta a cambios, de acuerdo; pero algo hay en el fondo de esta tradición que resiste el embate del tiempo, para consolidarse cada año en el espíritu de todos los pueblos del mundo. La alegría contemplativa de la Navidad nos hace ver diferente el entorno festivo que siempre nos envuelve. La navidad es la fiesta del pueblo, que asiste expectante al nacimiento del Niño Dios, que es cosa bella en el canto aguinaldero, primordialmente por ser el hijo de la Virgen, que lo levanta para que de inmediato reciba el alumbramiento de una inmensa estrella. Los recuerdos más amorosos de la vida fluyen en la navidad. En estos días percibimos la alucinación de los buenos tiempos, que nos cubren con su manto de paz y felicidad. La luz de las estrellas que alumbra al Niño Dios, trae hasta nosotros sus reflejos y sus rayos nos bañan. En la Navidad surgen por doquier los mayores deseos amorosos de la humanidad. La Navidad es un sueño del que nunca deberán despertar los pueblos, para de esta manera, evitar conflictos y guerras, que diezman la población y pronostican los días finales de la humanidad. La música de la navidad es un elixir del alma para hacer más felices a los hombres. “Nació el Redentor, nació, nació,/ en humilde cuna, nació, nació,/ para dar al hombre la paz, la paz,/ paz y ternura, ventura y paz”.

La navidad exige del hombre que justifique su existencia sobre la tierra. La navidad exige un hombre lleno de vida interior, que sepa entender su condición afectiva para el anhelo inveterado de la paz y de la concordia, antes que otra consideración de tipo material. La Navidad tiene que ser una época en la que el hombre entienda los postulados del espíritu por encima de todo lo demás. El tiempo de la navidad es una permanente carga de luminosidad. Básicamente la noche que es espléndida, que llena de luz radiante, que es la Nochebuena en la que nace el Salvador del mundo, Emmanuel llamado. Si aprendiéramos el mensaje del canto que nos habla de un Dios cargado de humildad, que se muestra así para que el ser humano también se recubra de humildad, como tiene que ser. Dios humanizado es toda una bondad. De este modo canta el aguinaldo. Y quisiéramos ver al hombre también humanizado, pensando y actuando en función de los demás, antes que de sí mismo. Un individuo cargado de bondad, como requisito esencial para que existan la igualdad y la justicia... “Noche de paz/ noche de amor/ todo duerme en derredor/ sólo vela mirando la faz/ una Virgen que en su amor/ canta tierna al Niño Dios”.

POESÍA DE LA NAVIDAD

Como forma expresiva, la poesía demanda caminos superficiales y profundos y temas que también desandan vertientes exteriores de sencillos planteamientos, así como laberintos aparentemente inaccesibles. En todo caso, su sentido último es la estética del pensamiento propuesta para que el hombre dé rienda suelta a su libertad de creación por medio del lenguaje, o mejor, de la palabra, con la que suele oficiar sus propuestas. Con su palabra el poeta explora los universos infinitos de las posibilidades, material con el que escruta los mundos más diversos y construye sus revelaciones. La poesía es un comportamiento eminentemente interior, recogedor de los estremecimientos; un juego abierto de correspondencias entre el sentir y el ser por medio del lenguaje. Y siempre ha sido así durante las épocas y los años, la armonización de la palabra del código poético va dejando fluir las ideas, como si se dictara una meditación o como si hubiese un repartimiento del pensamiento con el cual decir lo pensado y lo hablado.

En toda circunstancia, se escucha el grito silencioso del verso, el largo hastío del mundo interior, la canción del tiempo inventada en la conciencia con la que se nombran las edades del tiempo que son las mismas edades de la poesía. Las realidades entonces se hacen inmutables, se quedan mudas y guardadas detrás del poema, hasta que llega el instante vital de la resurrección, del minuto al siglo, pues la poesía es capaz de devorar los siglos siendo que es el eterno caos detenido. Así, de pronto, tropezamos por necesidad con propuestas poéticas sobre un tema o asunto determinado, en este caso, con una poética cuyo referente es la Navidad. Y aparece ante nosotros ese código concreto con una extensa fundamentación de pormenores relacionados con esa voz antigua y desnuda como una piedra; la Navidad, y versos narradores de las memorias fúlgidas que hablan del suceso público, todo ello enmarcado por el mágico esplendor de la poesía.

Del ciclo Evangélico, de la Suma Poética, podemos leer un poema de Francisco de Ocaña, titulado Camino de Belén: "Caminad, Esposa, / Virgen Singular, / que los gallos cantan / cerca está el lugar"... "Caminad, Señora, / bien de todo bien, / que antes de una hora / somos en Befen, / y allá muy bien / podréis reposar"... Dos estrofas bastan para hallar ese caracol eterno por el que circula el lenguaje de la poesía navideña; las palabras que responden a un manifiesto repetitivo como un circular estribillo que nos habla del reencuentro con aquella luz del Nacimiento que hace suya la eternidad por el prodigio y la magicidad de la creencia religiosa.

Y de inmediato nos encontramos con otra huella poética que pertenece a Fray Ambrosio de Montesinos. Es un poema titulado en latín In Nativitate Christi. Este es un dialogado entre los personajes involucrados en el suceso del Nacimiento del Niño Dios; poema para ser representado. Dice Fray Ambrosio; "-¿Si dormís, esposo, / de mi más amado / -No; que de tu gloria / estoy desvelado./ Josef. ¿Quién puede dormir, / ¡oh reina del cielo! / viendo ya venir / ángeles en vuelo, / ¿ay!, a te servir, / tendidos por el suelo? / porque sola eres / del cielo traslado. / María, a mi parecer, / esposo leal, / ya quiere nacer / el Rey eterno; / así debe ser, / pues este portal / claro paraíso / se nos ha tomado /.

Las figuras van apareciendo en sucesión que el tiempo no ha podido cambiar, y si la historia de la Navidad es estable o inmutable, lo mismo ocurre con la poesía de la Navidad, que nos presenta personajes y situaciones generacionales detenidas sin posibilidad alguna de agregados ni de desfiguraciones. La poesía navideña tiene el impresionante valor del repetitivo: el tema no cambia sino en leves alteraciones nada más; sólo la inventiva de la palabra es lo novedoso, el esfuerzo poético de proponer elogios y exaltaciones sobre  un conjunto humano que es una sola y definitiva estampa mantenida por siglos.

La poesía no es más, como tal, que "una invención de la palabra" esta palabra en el mundo del escritor se va solidificando, tomando un cuerpo preciso desde la perspectiva del hacer poético, hasta definir un hecho concreto como consecuencia visible u observable de lo que antes fue ficción. Todo poema es la sublime emanación de un acto de creación que se hace con la palabra. Se crea con una palabra mediante un divertimento constructivo que debe su existencia a la mezcla de "figuras mediante procedimientos esenciales", como dice Cohen.

En la poesía, lo propio de la palabra es la libertad de combinaciones. Y así toma cuerpo preciso ese edificio de signos que nos ablandan o endurecen en el momento de la confrontación. Por caso, el soneto Diciembre del poeta parnasiano venezolano Luis Churión, que nos llena de nostalgia y nos altera de angustia por lo que dice: "Oh buen sol de diciembre, hasta mi huerto / nos vienes a mirar hondos estragos, / por si rompen en flor sus jaramagos / la pascua azul de navidad no ha muerto / Hermano de fulgor que rumbo cierto / me da en la estrella de los Reyes Magos, / con un beso tenaz brota en halagos / de mi jardín por entre el muro abierto. / Y ya de que los ciertos otoñales / el ímpetu desflora los rosales / y abate en un temblor los jazmineros, / ella cambia en un bien todos mis daños, / y ante su azul de mis temidos años, / hace un jubilo blanco de corderos". Sí, es que la Navidad cambia la tristeza por la alegría; aún nostálgico su rostro no tiene sino amor de cantos vivos porque la Navidad no es otra cosa que un pequeño cielo que todos formamos para llenarnos de azules el alma.

En todo trance y ambiente, el poeta percibe de una manera especial la Navidad. Le canta tierra arriba, tierra abajo, con su ramaje de versos. Esto sucede porque hay una percepción especial de la fiesta, con un sentido más profundo, porque se siente una necesidad de meditación de la que luego eclosionan los claroscuros de las plegarias. En la aldea, para el poeta, la noche buena es: "La noche, de zafiro, coronada / de trémulos diamantes brilladores; / y la luna -magnolia de esplendores- /surgiendo tras la selva perfumada"... mientras que, en la ciudad, dice el poeta: "La ciudad, bajo el cielo peregrino / de azul perlas, plácida se extiende, / Y Diana a ella taciturna prende / su diáfano cendal alabastrino". / (Gabriel E. Muñoz, poeta venezolano)... La misma historia. Es la efímera circunstancia de la celebración de la que el hombre se posesiona enfebrecido, en la que hay "gente alborozada chocar con copas, cantos vibradores"... y a lo lejos, gentil, llena de flores, / la lugareña ermita iluminada”.

Narra el poeta versificadamente: "En las bohemias copas ríe el vino / en los rostros el júbilo se enciende; / y el áureo son de las campanas hiende, / claro y triunfal, el éter cristalino. / En la suntuosa catedral radiante / piensa el bardo en su fe -cirio expirante- / frente a un altar de gemas y escarlata..."

La poesía de la Navidad es pura y de versos cristalinos. Es una poesía para el elogio y el canto, principalmente, aunque a veces deja escapar ráfagas de crítica. A veces, no va más allá de la simple evocación y de la exaltación poética de un acto de fe y devoción. En todas las épocas las expresiones poéticas de la Navidad son un canto a la vida. La verbalización del poema apunta a esa sensación de amor, de rendición y postración ante un suceso revelador como lo es el nacimiento del Niño Dios. Si él logra algún trascendentalismo, esto viene dado por el elogio, por la constante fe demostrada. Hay aquí un auténtico libre fluir de la conciencia dado por la fe y la creencia religiosa, básicamente... Veamos lo que se plantea en este villancico que pertenece al poeta Rafael Montesinos: "Lloran los Panderos / por la Navidad, / porque en esta tierra / ya no hay caridad /... No de carne, sino / del barro de Adán / (antes de aquel soplo) / bajo su portal, / hay un niño. Llora, / terco en su llorar, / hace veinte siglos / ya / ...Un ángel de tierra... Pide / buena voluntad. / Pero nadie escucha / ya /. Pastores de arcilla / marchan al portal. / Pastores y hombres / unen su cantar, / que de barro vienen / y hacia el barro van, / muerte y sólo barro / ya".

La poesía de la Navidad es sencilla, tiene que serlo. Por lógica, la estructura de este lenguaje no puede obedecer a la rigurosidad de la desviación del código, ni puede pretender (no es necesario hacerlo), una marcada separación del código de la lengua. En esta poesía se tiende mucho a una significación primaria. Es enteramente descriptiva en una escenografía en la que aparecen contados personajes. La poesía, en este caso, vendría a ser entonces, el pesebre hecho con palabras. Aquí no es posible hablar de rupturas ni de inconsecuencias del lenguaje; que, por lo contrario, es más afectivo que intelectual, más atenido a cuadros lógicos y gramaticales, concretado a la propia limitación de los temas y asuntos. Esto es fácilmente perceptible... Del mismo autor Rafael Montesinos, citamos un retablillo de navidad,   que dice: "Pastores, Dios ha nacido / sobre un pesebre, Aleluya. / Pastores, cantad conmigo: / Gloría a Dios en las alturas. / Desde el cielo he traído / mis alas hasta su cuna / Pastores, cantad conmigo: / Gloria a Dios en las alturas.


Ni en la adversidad es triste la Navidad. El hombre, movido por la piedad de la fiesta decembrina, hace un alto en su dolor para trastocarlo por una incontenible alegría que se torna en virtud y fe por la vida... Se tiene la necesidad de no quedarse en el dolor, se abren y vislumbran nuevos caminos de luz, hay una indagación por la esperanza y el desvelo es una apertura a la vida en plenitud. La poesía tiene la virtud de abrir los mecanismos de la fantasía con la que el poeta abre una escisión para dar rienda suelta a su imaginación y escape hacia la libertad. Así lo captamos en este sonetillo de Alfredo Arvelo Larriva, titulado Noche Buena: Dijérase una ilusión. / Es noche de Navidad; / y, mientras que la ciudad / difunde su agitación / en torno a mi soledad, / viene la muchacha y con / ella la felicidad / suprema. Y en la prisión / revivo la libertad, / con una intensa emoción/que pone sueños, bondad, / ternura, en mi corazón; / y en la rugiente pasión / de mis rencores, piedad".

Por el tránsito continuo de los siglos, la poética navideña nos da una visión de conjunto de esta fiesta tradicional. Es como la sustentación de un orden inacabable, de una temática genérica, una misma manera de plantear aquel suceso, símbolo de la cristiandad. La poesía navideña existe en todos los lugares fundida en la propia vocación humana de la exaltación. Es una señal de amor, un constante reflujo de imágenes que se entornan al hecho del Nacimiento de Dios. Esta poesía nos alienta por ser un augurio de fe, una oración de amor reverencial, un canto constante a la glorificación de una fiesta con pleno vigor para los que sentimos y vivimos la alegría de la vida. Y es, porque en la palabra poética, la Navidad también nos llena a todos de una inmensa alegría.

AGUINALDOS

Desde los rituales de nuestros más viejos ancestros se conocen los aguinaldos. Ellos son palabra y música de antiguo. En ellos se desnuda diciembre hecho gozo y esplendor. Palabra musical decembrina siempre, Aguinaldo es un poema de amor que reluce en el tiempo de la pascua.

Nos hablan de las profecías del pueblo, que es quien los compone por medio de la inteligencia creadora del compositor. A los aguinaldos se les pone alas para que viajen por todos los caminos y puedan hacer felices a los humanos, enternecidos con sus decires y sus ritmos sencillos, como este coro dirigido a los dichosos mortales: “Derrama una estrella / divino fulgor: / hermosa doncella / nos da el Salvador”.

Todo aguinaldo es la primera luz que quita las tinieblas al mes de diciembre, por eso amamos tanto estos cantos que son hechos con el ritual de la adoración a Dios por medio de su hijo. Todo aguinaldo es el hallazgo de las alegrías finales del año. Ellos nos dan las últimas horas del año bañadas de canto. Advienen felices y esperanzadores como un códice de luz para anunciarnos la fiesta de la creación, ecos de fríos y alabanzas, repiques de campanas en los templos, y otras menudencias espirituales presentes en la Navidad.

El aguinaldo obra el milagro de detener nuestra luz para querer vivir eternamente con la vista puesta en la historia de la ciudad, de esta ciudad de cada uno de nosotros; villa convertida en campo cuando se sabe florecida con la nota luminosa de la alegre navidad: “Dichosos mortales, / ya brilla en Oriente / la aurora que anuncia / al Dios refulgente”.

A la espléndida noche de la Navidad se abren las puertas del tiempo y las del corazón. En sus días todo es sencillo. Para referirse a un niño, por ejemplo, no puede haber otra cosa que frases sencillas, por eso, las letras de los aguinaldos son estrofas superficiales en la forma y el fondo, pero con un simbolismo que se adentra en el alma colectiva... Todo aguinaldo es una fácil gracia dirigida a la exaltación del Redentor... La noche de la Navidad se despoja totalmente de sombras, y se hace radiante de luz. Es Nochebuena y nace Jesús. Y este niño bueno se levanta reciente en sus orígenes, porque su origen es eterno, y no cesa nunca de pasar el detenido día de su Nacimiento... Nació con los ojos abiertos para mirarlo todo a su alrededor. En él se originaron la promesa y la esperanza. En tal sentido, la estrofa del aguinaldo solicita que todos acudamos a su adoración y que nos vistamos de humildad para ir a su lado, considerando que en esencia todo niño es bondadoso e inspira bondad, mayormente éste que es hijo de Dios, humanizado desde la primera vez que se hizo carne y se descubrió en él la Verdad... El aguinaldo nos trae al niño Dios, y nos lleva hasta él para que nunca esté solo, puesto que el Ungido, por principio, jamás estará solo.

El aguinaldo pide que se den rosas a María, Madre de Dios. Son las flores que se ofrecen en agasajo a quien identifica a la madre por el candor de la pureza y la fidelidad. A la par de la flor se otorga a la Madre un canto sencillo que le habla del hijo y de la fe, que ambos sustancian el concepto universal de la paz. Flor y música es la ofrenda. Es el eco del mensaje navideño a la Madre de Dios, que dio a la luz el hijo en la cuna vegetal del pequeño pesebre donde pernoctó en la noche. El aguinaldo es entonces el amanecer de la música con que se adora. Sencillo lenguaje ofrendoso, fresco como el agua de la fuente o el verdor del musgo montañés que adorna la casa del Elegido. El aguinaldo ofrece a la Señora los loores del agradecimiento, las flores con los colores vivos de los pájaros, los cantos como epopeya inocente de los que se sienten ya protegidos por el Redentor... “Los Ángeles cantan gloria, / sin descanso, noche y día, / para honrar en el pesebre / a Jesús, José y María”.

Y las ovejillas se posan asustadas sobre los filos de las breves montañas, que el tiempo tradicional llena de tupida vegetación, pero que las sabemos primigeniamente despejadas y resbaladizas en la cuenta de la realidad. Cual claridad en la epopeya de la navidad, los pequeños animales dan cuerpo al simbolismo de la pureza que ha de caracterizar al Niño Dios. Las ovejas ornamentan el portal de Belén en toda la inmortal jornada de la Anunciación. En ella está también la vida, la blanca aurora de aquel Infante que vino para quitar las sombras de la humanidad.

De pronto, en la noche profunda, brilla una estrella en el Oriente. Apareció al tiempo de concebirse otra luz: el Niño Jesús... El esplendor es cegante. Es una luz muy especial que anuncia la presencia del Divino Sol, de la auténtica luz de salvación, de la que vino al seguimiento humano como camino de salvación, es decir, la luz que significa Dios, el Dios de los cristianos. Por eso el aguinaldo dice: “Brilla en el Oriente / con gran esplendor / la aurora que anuncia / al Divino Sol”.

Dios lo era todo, lo es todo: lo más alto y absoluto, la justicia, la fe y la redención. Lejano y hondo aparece este canto en la memoria. Es un pozo de melodías en el recuerdo nuestro. Tiene sabor de eternidad, y, justamente, habla de la eternidad del Emmanuel del Mundo, del que nació como Rey y Salvador, para el rescate de la humanidad de las garras de lo malo. Con Dios nada de lo malo existe. El canto así lo proclama: “almas redimidas, / si glorias queréis / la gloría del cielo / venid y veréis”.

La gloria es eso pozo de eternidad feliz que ofrece el Niño Dios a las criaturas que se colocan a su vera. La vida deviene como una permanente adoración que busca la gloria por la eternidad del bien. En Dios está el principio y el final, el eco eterno de la salvación. Por eso redime y rescata. A su lado, en su pesebre eterno debe colocarse el ser humano para que nunca llegue a flotar en la nada del mundo, signo alrededor de esta señal de esperanza que en la Navidad nos viene dado por los cielos y las estrellas, por los tantos pastores que nos muestran su luz para saber llegar, al “Portal sacrosanto / al Pesebre de honor / a esa dulzura inefable / a ese divino esplendor...”.

En el aguinaldo está también la luna. Dios nació una noche en Belén: noche plena de estrellas y de luna, como quiera que se necesitaba mucha luz para enceguecer de admiración al mundo. Aquella noche parecía más bien un sol de mañana abierta, había música y pájaros alrededor. Los aguinaldos describen la historia magnífica del Niño Dios. La gloriosa hazaña de su nacimiento, la inmortal Jornada de su advenimiento en el sencillo portal. “Al claro y sereno/ fulgor de la luna, cuenta la historia/ del Dios humanado/ que brilla en la cuna/ cual astro eternal,/ alzad, oh mortales/ espléndido coro/ al eco vibrante/ de cítara de oro/ cantemos la gloria/ la gloria inmortal”.

Nada hay que supere la sencilla poesía de los aguinaldos; cantos de navidad como planticas musicales sembradas en cada corazón para venir a hablarnos de la presencia del Hijo de Dios; de aquel amanecer humano proveniente de la noche de Belén, nacido en el portal ligero, ingenuo, como si hubiese sido preparado de antemano para el suceso de las cosas más sencillas del universo cristiano: el nacimiento del Niño Jesús... Sencillo, sí, con toda la carga de historia que traería consigo el que sería luz del universo y paz del corazón.

Evocamos a través de los aguinaldos, cantos dulces, prístinos, sencillos. Siempre los aguinaldos llegan a las fibras del alma, a lo profundo del espíritu, como una revelación de amor por tantas cosas que definen nuestra propia biografía. Cantos de pastores escuchados en todos los lares. Las pascuas como palabra y signo de redención. Las tradiciones visten el alma nuestra, la llenan de luces, de colores, de sonidos. Nadie es insensible a la Navidad, a los signos pascuales, a esa concurrencia espiritual tan llena de todas las cosas. Desde Belén se viste la Navidad del mundo. Desde allá viene cantando a la Nochebuena en que nació Jesús el Redentor.

Evocando a través de la música que hace el pueblo mismo, o por medio de los compositores. Qué gran ternura tiene la música de la Navidad, cómo nos anima a todos sin distingos, cuánto nos identifica esta música que suena y resuena por todas partes. Qué inmenso sortilegio tiene la música de la Navidad. Se renueva nuestro espíritu al son de un aguinaldo, de un canto de parranda, de una gaita. Los grupos musicales representan el sentir espiritual de todo pueblo. Ellos ensayan por un tiempo para darle definición plena al lapso de la Navidad y de las Pascuas floridas. Traen en sus cantos todos los signos y las estampas que constituyen la totalidad de la Navidad. Así vemos que hablan de San José, la Virgen y el Niño; hablan de los “Reyes Magos”, de las tierras de Belén y sus alrededores; hablan del pesebre y de los pastores, de las ovejas que pastan en los predios aledaños. Las pascuas navideñas son una porción importante de la biografía del mundo, acaso la parte más sensible y espiritual de la historia de la humanidad, y nadie escapa a su sortilegio, a su significado interior, a su carga de sentimientos y afectos.

En los aguinaldos (hablemos de los aguinaldos venezolanos) se condensa el sentimiento histórico del país por la Navidad. Desde los inicios de la ciudad grande, hasta bajar a lo más interior de los pueblos, los cantos aguinalderos van surgiendo o brotando en todas partes. No hay comarca venezolana que no haya producido un canto de paz decembrino. Y así, muchos autores desde el siglo XVIII (al menos desde esta fecha están recopilados los cantos) “hicieron composición de villancicos para amenizar las Misas de Aguinaldos que en Venezuela se celebran en horas de la madrugada (gratísima tradición que aún se conserva) desde el día 16 hasta el 23 de diciembre, para culminar en la Misa de Gallo, cuyo 'Gloria' se canta al filo de la medianoche, y, luego, por las noches subsecuentes, resonaban en los Nacimientos o Pesebres domésticos, los cuales se mantenían expuestos hasta el 2 de febrero, día festivo de la Candelaria.

Hacia mediados del siglo XIX, el influjo de la Contradanza y de la Danza, bailes de figuraciones elegantes y de técnica muy complicada, surgió la forma definitiva del aguinaldo venezolano, gracias al ingenio de Rafael Izaza y de Ricardo Pérez, quienes son los más notables cultivadores de ese género de composición sacro-profana”.

Es infinita la lista de los cantos navideños venezolanos. La historia los va definiendo representativos de regiones y de autores, no tanto en la escasa dimensión de los siglos anteriores (XVIII y XIX), pero si ahora por la proliferación de la música a escala nacional. Nombres llenos de belleza tradicional podemos citar “Oh, Virgen Pura” de Rafael Izaza, y del mismo autor los aguinaldos “Los Ecos”, “De Contento”, “Venid”, “Oh, Enmanuel”, “Purísima”, “Como el rocío”; del compositor Ricardo Pérez se conoce un aguinaldo muy célebre que no falta en ninguna navidad: “A ti te cantamos”... A ti te cantamos, / preciosa María / y de ti esperamos / Paz y alegría... “Nació el Redentor”, pertenece también a su autoría, lo mismo que “Espléndida noche”.

La lista es larga, y queremos decir que los aguinaldos nos representan como venezolanos de honda sensibilidad espiritual, como hijos y herederos de la pureza de Dios, como poseedores de la mejor identidad cristiana y católica, y como amantes de la paz, a lo largo de esa hermosa historia que se repite cada año hasta la inmensidad de los tiempos, pues jamás cederá esta tradición, acaso la más grande y completa del mundo, que envuelve al hombre y lo carga de una potencialidad interior para divisar y practicar el amor, la confraternidad y la convivencia, entre otras cualidades afectivas.