viernes, 12 de mayo de 2017

SEGUNDO BARROETA EN LAS PUERTAS DEL TIEMPO (y II)

Mi primer encuentro temporal con la figura del doctor Segundo Barroeta fue un hecho referencial, porque escuchaba nombrarlo en la tertulia hogareña de mi casa en la calle arriba, pues Sofía, mi madre, como ya dije,  era de San Jacinto, y como el pueblo era pequeño, pues los nombres y los apellidos se pegaban en el coloquio de la  gran familiaridad habida en ese tiempo de hace tantos años. Allí el quehacer lugareño nombraba con frecuencia  a los Sarmiento, Parilli, Troconis, Salas, Pacheco, Terán, Valecillos, Morón, Machado, Contreras, pues todo era una sola familiaridad compartida.

Pero también sucedió  que el nombre del doctor Barroeta salía en los periódicos de la ciudad. Lo nombraban en el “Sabatino”, de Joaquín Delgado y en “Hoy” de Azuaje Rincón. Claro, si tenía su Consultorio en la ciudad, y luego,  en el gobierno de Briceño Perozo, por 1958, recién estrenada la democracia, fue llamado para el gabinete gubernativo y nombrado Director de Asistencia Social.  Pero luego, el silencio del tiempo, porque  la diáspora profesional y la necesidad de establecerse en otra ciudad de mayores expectativas y realidades, lo estacionó en Barquisimeto, su segundo gran lugar de vida, por años, por muchos años, hasta este tiempo final en que la inmortalidad  lo abraza por efectos de su sensible fallecimiento ocurrido hace pocos días.

Barquisimeto, ciudad de encuentro y de realizaciones, amplio escenario para una acción global. Hombre y ciudad en simbiosis afortunada, intercambio de vidas que se la brindó obsequiosa la urbe del progreso, y que Barroeta ayudó a construir con el caudal de su ciencia y de su inteligencia humanística como ciudadano de aportes.  Esa segunda patria chica que llega a meterse en los intersticios afectivos y se solidifica como una querencia sensitiva. Ese amor que se despierta por el lugar en que se realizan los sueños. Ese agrado por tantas nuevas adquisiciones en un contexto geográfico y humano extraño, en una definición que se va engrandeciendo hasta convertirse en común, en hogar con plenitudes. Barquisimeto como lugar  grandioso para Barroeta, y éste como ciudadano necesario para Barquisimeto. Una pasión social vivida en plenitud. Y lo más importante, trascendida por las realizaciones.

Desde muchos aspectos puede identificarse la vida de Segundo Barroeta, como médico notable, ciudadano moral, maestro de dimensiones insospechadas, hombre animoso para saber exteriorizar los componentes del espíritu. Su vida fue un aporte dirigido a muchas direcciones distintas, y una confluencia de aptitudes se nos detenemos a describirla por lo que hizo en su largo tránsito biográfico. Da para estudiarlo  y  aprovecharlo  como intelectual; escudriñar en su discurso y hacerlo pasión de nueva escritura, de nueva fulguración.

Los estudiosos  de la ciencia médica, que fue su campo profesional, habrán de mirarlo desde esta perspectiva; como  el docente e investigador que fue en el campo del trabajo médico-científico en la Universidad y otros ámbitos conexos, por ejemplo, la asistencia social que llegó a servir como experto. Los del mundo de la literatura y el lenguaje, estudiarán su discurso expandido en cuatro libros que llegó a publicar, densos, totales, bien estructurados, con el rigor de quien sabe hacer las cosas y dirigirlas con sentido preciso. Son grandes libros sobre una temática regionalizada, constreñida a su entidad natal, pero sobrepasada por la calidad de lo escrito, por la temática, y hasta por el nivel alto de su propio discurso y de los personajes a que quiso acudir para prologar cada una de esas obras: Manuel Bermúdez, su primer libro; Tarcila Briceño, el segundo; Francisco González Cruz, el tercero, y Marco Tulio Mendoza Dávila, el cuarto, en orden consecutivo. La lectura de cada trabajo permite obtener una visión precisa de este autor que, haciendo  cita de un concepto de César Rengifo, nos permite conocer que: “Hoy más que nunca el arte ha de ser clara militancia al servicio del hombre. Yo creo en el arte en función de la humanidad”.

Y otra ocupación poco conocida  por nosotros los trujillanos, porque la realizó en Barquisimeto, fue la de experto conocedor, estudioso y  cultivador de orquídeas, de toda la gama familiar orquidácea. Se hizo conocido en esta escasa ocupación. Esa devoción ecológica lo distinguió también. Y si vemos, se necesitan condiciones muy especiales para asumir este tipo de actividad, como una extremada sensibilidad, amor por la naturaleza y dotes técno- científicas. Los tres nombrados componentes tuvieron base firmes en su condición humana, porque entendió la vida en lo que ésta tiene de complejidades, como un  haz de partes entre lo propiamente biológico y lo afectivo. Ese mundo sensible tan necesario que debe tenerse  para comprender y validar por uno mismo  la  condición humana.


No se negó nada en su vida Segundo Barroeta, no fue mezquino con su persona sino más bien la nutrió de valores en exceso. Nunca puso trabas a sus capacidades y posibilidades, porque fue de mirada ancha para abarcar todos los espacios posibles. Y todo lo hizo con verdad y con honestidad, como un hombre virtuoso. Y eso fue en vida. Y es el legado que nos deja. Como Don Mario “murió de mal de patria”, del mismo tipo de muerte que garantiza la trascendencia y la vigencia más allá del tiempo y el olvido. 

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