lunes, 23 de febrero de 2015

MARGARITA D’ JESÚS DE TORRES Y TERESA DE PEÑA DOS MUJERES DE IGLESIA



PALABRAS PRONUNCIADAS EN LA SANTA IGLESIA DE LA CHIQUINQUIRÁ EL DÍA 19 DE MARZO 2004, DÍA DE SAN JOSÉ, CON MOTIVO DEL HOMENAJE HECHO A LAS SEÑORAS MARGARITA DE TORRES Y TERESA DE PEÑA.

Las iglesias, como esta nuestra, de la Parroquia Chiquinquirá, se convierten para los feligreses en un hogar familiar, en una sola familia cristiana en la que imperan la convivencia, el amor y el mensaje unificador que nos viene dado desde la misma iglesia por la voz del sacerdote. Las parroquias son una permanente cosmovisión cristiana que nos une como una familia de padres, madres e hijos, y en otro sentido, de padres, madres, a hijos, como éste es el caso de doña Margarita y de la Señora Teresa, que son para todos nosotros, madres virtuosas que nos han enseñado su ejemplo con una lección de verdadero cristianismo, a través de la historia de servicio entregada a esta Iglesia parroquial, durante muchos años de su larga y hermosa existencia. Ellas condensan una doctrina en lo que de moral tiene la conducta social de la persona humana. Por eso no es gratuito el homenaje que se les tributa, con el amor de familia que les otorgamos en este hermoso acto que se ha preparado para ellas.

Ayer cuando hablaba con la señorita Ninoska Urrecheaga, sobre este acto, me dijo que en un estandarte de la Iglesia, de 1954, estaba señalado el nombre de doña Margarita como miembro de la Sociedad de Nuestra Señora de Chiquinquirá...

Yo conté mentalmente y me dije: más de cincuenta años de servicio continuo: qué virtud, qué entrega a la causa de la Iglesia. Y qué mérito. Y me dije: en aquel tiempo yo era monaguillo del padre Valera, y cuándo me imaginaba que años después vendría a contar lo que doña Margarita había hecho con tanto desprendimiento y entrega. Pero así es la historia, escoge a las personas y las coloca en posición de destino, para dejar el testimonio de lo que otras personas de buena voluntad han sabido hacer sobre la tierra. Aquel jovencito de aquel tiempo, cuántas veces miraría a doña Margarita ir delante de la procesión con el estandarte de la Sociedad... y así,año tras año, anduvo esta virtuosa señora rindiendo el honor de su profesión de fe a la Iglesia de la Virgen, mujer y madre como ella, en las ascensión del servicio que sirve para llegar a Dios por la luz que se proyecta y por el camino que se hace.

Y la señora Teresa de Peña, lo mismo, colocando su atención cristiana en posesión de esta parroquia para alabar a Dios en ese orden que ponen a sus vidas las personas que han sido formadas con las más claras virtudes morales. Muchos años de su andar vital, los ha entregado la señora Teresa a la Iglesia de Dios, por medio del servicio a San José. El amor inteligente de las personas se revela a veces en un servicio que pasa desapercibido a los hombres, pero que Dios lo ve para premiar a quien lo cumple con total desprendimiento. La señora Teresa, sabe en este momento, que está recibiendo el testimonio de Dios por intermedio de quienes le rinden este homenaje salido del corazón.

La praxis de la religión además de constituir una enseñanza es un camino. Cuando se quiere servir a Dios uno sabe qué es lo que se quiere, se pone un punto de mira, se le da un orden y comienzan a aparecer las acciones. Actuar en función de la Iglesia es tener valores religiosos en el espíritu. Y se actúa así porque se cree. Y al lado de esos valores religiosos muestra el ser humano los valores morales, que se viven en el seno de la sociedad, pero también en el seno de la iglesia. Estos valores se viven, como el amor, la fidelidad, la veracidad, la bondad... Doña Margarita (como la conocemos afectuosamente), y la señora Teresa (como  también  la conocemos afectuosamente) poseen estos dos tipos de valores: los religiosos porque creen en la Iglesia; y, los morales, porque los han vivido a lo largo de su  preciosa existencia. El crecer las ha hecho vivir, y han puesto sus valores morales al servicio de y han tenido amor a  la iglesia, fidelidad, bondad... y han sido veraces, y han tenido la más amplia libertad para hacer lo que han hecho... Ellas eligieron lo más valioso, por eso hoy la comunidad las eleva y ennoblece cuando les tributa este homenaje de reconocimiento a sus valores humanos.

La ciudad de Trujillo ha sido históricamente fiel a los valores de la Santa Iglesia. La historia de esta ciudad de Trujillo es de Iglesia, pues ella nació bajo la advocación de Nuestra Señora de La Paz. Desde siempre esta doctrina espiritual de la presencia de la Virgen en medio de nosotros. No hay hecho del devenir trujillano que no esté contenido dentro del marco de lo mariano. Ciudad mariana es Trujillo: La Virgen de la Paz, como Patrona; la Virgen del Rosario, como emblema de la educación de los niños y los jóvenes de todoslos tiempos, pues sepamos que el Colegio Nacional nacido hacia 1832, fuefundado bajo la advocación de la Virgen del Rosario... Y en uno de los barriosmás históricos de la ciudad: la Calle Arriba,  la advocación le ha correspondido a la Virgen del Carmen, lo mismo que en Las Araujas. Y en esta parroquia que todos llevamos en el alma,  la advocación le pertenece a la Virgen de la Chiquinquirá, todas señoras como enseñanza doctrinal, todas admiradas y testimoniadas por la población trujillana, que a una o a la otra, porque todas son madres de Dios, le ha brindado su mejor comportamiento en la fe y en la creencia, como se debe admirar a los santos de la Iglesia, madres y padres espirituales de cada uno de nosotros los que practicamos la fe de la Santa Iglesia Católica...

Pero la fe de los trujillanos por la Virgen no se queda con las madres que he nombrado, sino que el fervor va más allá, hasta la creencia y la fe en el misterio que entraña, por ejemplo, entre nosotros la estampa de la Peña de la Virgen... y me he preguntado: ¿La Peña de la Virgen? y, ¿cuál Virgen?... ^Tendremos entre nosotros, pregunto, una Virgen de la Peña? una figura de la Santa Madre en representación distinta a la de la Paz, a la del Rosario, a la del Carmen, a la de la Chiquinquirá?... O será cualquiera de ellas la que la devoción histórica ha colocado en esos altos peñones ubicados en nuestra parroquia? No se sabe a ciencia cierta. Pero en todo caso, es esa hermosa devoción mariana lo que ha alimentado la fe de la trujillanía por siglos, y lo que celebramos con júbilo en distintas fecha del año, en julio y noviembre, principalmente.

Y qué más pertinente al hablar de la virgen que nombrar a San José, su castísimo esposo... La fiesta de San José también ha motivado y emocionado a los trujillanos. En ella estamos, y en ella nos apoyamos para este homenaje a dos presidentas eximias de las sociedades de San José la una: doña Teresa de Peña y de la Chiquinquirá la otra, doña Margarita de Torres.

En Trujillo las fiestas religiosas ha marcado el paso a la acción humana. No se puede reseñar nuestra historia doméstica, sin que se hable de la festividad religiosa que por siempre ha constituido un programa conjunto de la sociedad civil y la parroquia eclesiástica, entre el sacerdote párroco y el presidente o junta directiva. Los que en una u otra forma nos hemos adentrado en el estudio de nuestras fiestas tradicionales, sabemos que esto es así: una hermandad perenne entre el sacerdote que lleva adelante la parte religiosa de la celebración, junto con la directiva de la sociedad eclesial, y del lado de afuera, la junta directiva de la fiesta. Antes esto sucedía con mayor entrega y fervor que ahora, pues como sabemos, las tradiciones populares han ido desapareciendo con el tiempo y el progreso se las ha ido, tragando progresivamente.

Les digo que fueron relevantes  aquellas fiestas de la Virgen del Carmen, en los días de julio de cada año/ Lo mismo ocurría con las fiestas de la Candelaria, en febrero; las de San Isidro en Mayo, la fiesta de la Santa Cruz también en mayo; las de Chiquinquirá en Noviembre; las de San Jacinto en agosto; las de Santa Rosa en Agosto también. Ysucedió como un designio de Dios, o como una nueva enseñanza de laIglesia, porque lo propiamente material, es decir, lo pagano, se ha venido diluyendo con el tiempo, como para decirnos que los valores materiales que uno los ve y los percibe: lo pagano, la fiesta material... eso se ha ido muriendo con el tiempo.Pero, la otra parte, lo que atañe a la iglesia en sí misma, es decir, la fiesta religiosa, esa prevalece, esa se sostiene porque  está dictada por los valores espirituales; porque la Iglesia en síntesis "es eterna juventud; una perpetua primavera, un eterno presente en el vivir con Dios que supera toda imaginación"... Y aquí está una muy clara ejemplificación de lo que digo: se lecelebra a doña Margarita cincuenta y cinco años continuos en la Sociedad de la Virgen de Chiquinquirá y a doña Teresa, más de treinta y cinco años continuos dentro de la Sociedad de San José... Es la iglesia entonces la que enseña y crea valores; la que trasciende y hace trascender, la que da esa fuerza interior que hace grandes a las personas, como son hoy grandes de espíritu a nuestros ojos estas dos señoras de la parroquia: Margarita de Torres y Teresa de Peña, alabadas por el elogio colectivo de una comunidad que viene a aplaudirles la grande obra cumplida con tanta entrega y desprendimiento.

De doña Margarita yo he dicho muchas cosas en alabanza. Claro, cómo no va a alabar uno a una mujer tan significativa desde todos los ángulos de su personalidad. He tenido esa suerte de alabarla, pues su vida ha sido muy variada como si es que Dios le dio un alma múltiple para servir a todos. Mujer de hogar en el camino de la vida, pero su hogar lo vio ascender hacia todo Trujillo, pues ella ordenó su vida para la participación y la asistencia, y así, vale la pena vivir. Doña Margarita, por destino cristiano siempre ha sido como una lucecita de bien para los trujillanos.
De la señora Teresa, si es verdad que me alegra haber tenido esta oportunidad para elogiarla también, y ser portavoz de lo que toda esta gente aquí presente quiere decirle como las gracias más profundas, a ella que ha sido mujer de hogar y de iglesia, servidora en esa tarea tan hermosa cumplida durante tantos años para alegría interior de los suyos y de Dios, pues sirviendo a Dios se elevan los valores espirituales y se gana la gloria como recompensa; la gloria terrena que ennoblece a la persona, la gloria social que dota de reconocimiento a la persona y la gloria de Dios, que es la mejor elección para darle sentido pleno a nuestra existencia. La señora Teresa se nos presenta como una mujer paradigmática, silenciosa, pero efectiva, en su hacer, decorosa y elevada ante los ojos de la Iglesia para ejemplo de estas nuevas generaciones que la respetan como madre y como ductora moral.
Y al lado de ellas dos, otro grupo excelente de mujeres que han entendido su responsabilidad apostólica en nuestra parroquia, y que de manera preponderante, han sumado sus acciones participativas para que la Parroquia de la Chiquinquirá viva con esplendor las fechas festivas de la Iglesia... Doña Josefina de Rosario: tantos años de entrega, lo mismo que doña Consuelo de Salas, doña Blanca González de Medina, doña Yolanda de Medina,y otras de inmenso crédito espiritual que las distingue y enaltece. Cómo no va a surgir así una iglesia que pide y obtiene la participación de los fíeles. Cómo ha sido constante ese fervor cristiano de la gente de la parroquia de venir a la Iglesia para juntarse cristianamente con el párroco en la debida exaltación de los postulados de la santa religión. Cómo no resaltar el carácter familiar de todo ese conjunto de párrocos que durante más de cincuenta años han estado al frente de la Chiquinquirá, para nombrarlos los Padres Vicente Valera Márquez, Joaquín Morón, Fidel Hidalgo, entre otros. Ellos dejaron huellas indelebles en esta iglesia y en esta comunidad, y qué hermoso que en su función parroquial actuaron con todos ellos señoras como doña Margarita y doña Teresa, entendidas ambas en las cosas de Dios que son dictadas por la fe y por la buena voluntad también.
Aquí está la Parroquia en el tributo ordenado por la moral. Aquí estamos todos al lado de nuestro respetado pastor Monseñor Salvador Barazarte, para rendir este austero homenaje a tan virtuosas señoras de nuestra  comunidad. En esta tarde lo que asoman fundamentalmente son los valores espirituales de unas personas que son recompensadas, no tanto con el tributo material, aunque lo material también tiene valor, sino en la lección de transmitir unos valores espirituales que ennoblecen por igual a los que ofrendan y a los que reciben. Porque así tiene que ser en ese constante relevo que  van exigiendo el tiempo a los humanos. Dar de buena fe para recibir después como un acto de justicia.
Y lo hermoso que tienen estos actos es que se convierten en una lección para los más jóvenes, para las generaciones que van creciendo y asumiendo el papel de sus mayores, como vemos en esta transmisión de funciones dentro de nuestra iglesia parroquial, porque son las nuevas generaciones que conforman las directivas de las sociedades religiosas, las que han motivado prácticamente el homenaje. Y eso nos permite revelar un mundo en el que sobresalen los valores: la verdad, la belleza, la bondad, el respeto, la gratitud, el amor, la amabilidad, la honradez, la disponibilidad, la justicia, la sabiduría, la fraternidad...

J. Hessen sostiene que "La vida tiene sentido, cuando contiene valores". Y eso condensa el acto de esta tarde: valores y más valores, como una meta alcanzada por estas dos señoras, y como un camino que comienzan a transitar otras mujeres más jóvenes con la fuerza que da la iglesia para alcanzar toda meta.

Tomen las personas jóvenes que hay en esta asamblea de Dios los modelos de vida de las señoras Margarita y Teresa, para que vean crecer su moral interna y su personalidad. Ellas son paradigmas auténticas, luces encendidas para hacer el camino del bien. Modelos a seguir, y deben ustedes seguirlas con el ardor y el entusiasmo que ellas le pusieron al reto de servir a Dios y a la Iglesia, desde las sociedades cristianas a las que adscribieron sus nombres hace muchos años.

Que Dios y la Santa Virgen María siga bendiciendo la vida ejemplar de doña Margarita y de la señora Teresa, y que sus ejemplos nos iluminen a todos para que definitivamente le encontremos un justo sentido cristiano a nuestras conductas, como hijos e hijas de Dios, de esta Iglesia y de esta Parroquia de la Chiquinquirá que tanto queremos y llevamos en el alma.
 

viernes, 16 de enero de 2015

FRANCISCO PRADA, UN HOMBRE ANTE EL TIEMPO



Pórtico
Estas palabras eran para decirlas en un homenaje preparado por el Museo Salvador Valero. En su oportunidad causas fortuitas hicieron suspender el acto. Hoy las colocamos en este portal como el homenaje que quisimos hacer a tan importante hombre contemporáneo.


   

         Francisco Prada es, desde ahora un hombre ante el tiempo, porque goza de una memoria trascendente. Tan es así que aquí estamos para conmemorarlo. Un hombre que es memoria, pues esa misma memoria viene desencadenando los homenajes que le hace el tiempo a quien fue un practicante de ciudadanía por los atributos que, como virtud, le llenaron la conciencia lúcida para la más definitiva de las autenticidades. A ver entonces, que con pocos sintagmas enunciativos podemos definirlo para saber que buscó una orientación que lo condujo por los caminos de una línea ideológica sobresaliente, dinámica y sólida; justamente la que lo hace acreedor a que su nombre se convierta en eponimia, en rasgo identitario, en camino a seguir por generaciones venideras. Su tiempo vive y su nombre es un espacio para la aventura creadora y transformadora, de los que como él entendieron al mundo de una manera distinta, humanizada y solidaria, pues eso es vivir de acuerdo a una moral desde el fondo de la conciencia, desde el mundo interior donde subyace el pensamiento para las mejores floraciones. Francisco Prada vive: su nombre desde la infinita distancia es una cercanía sin embargo; es un contertulio como siempre entre nosotros, y nos habla.
Francisco Prada, un amigo, un ser solidario que nos sigue dando la mano, y sigue sonriendo con nosotros. Y esa es la razón de este encuentro en el Museo, en su Museo, del que no puede alejarse, del que no dejaremos que se aleje, porque él es parte sustantiva de este lugar. Él ayudó a definirlo y a forjarlo, desde los puntos casi iniciales de su estructuración, hasta la cercanía de su muerte que no es muerte, sino lejanía que acerca; un ir que lo devuelve, un silencio que se convierte en alta voz, porque puede haber soledad de cuerpo, pero no hay soledad de espíritu en este caso, menos porque Prada sigue con sus ojos abiertos mirándonos a todos, a los artistas compañeros, a los creadores y amigos que aun lo necesitan, que lo van a seguir necesitando, porque lo que se siembra con amor renace con amor y cobra la propiedad de su permanencia en el tiempo.
De Prada podemos hablar en un plural que nos envuelve a todos, porque fácilmente es posible determinar que  sentimos las mismas emociones para referir su personalidad. Quiero decir, que lo que yo digo lo decimos como una coincidencia en la apreciación de lo que fue este hombre pleno por su senci­llez; y, al mismo tiempo, por su complejidad. Sencillez y complejidad como caracterizaciones de su personalidad. Y no lo digo con el sentido de la antinomia ni de la contrariedad, sino más bien desde una plenitud, una concurrencia y una armonización, como dejar ver que fue un hombre múltiple, capaz de hacer desparramar su personalidad en muchas direcciones, con un radio de acción y cubrimiento, desde la máxima sencillez posible en las cosas menudas de la cotidianidad como hombre del común, espontáneo, coloquial, informal, hasta un orden superior cuando tuvo que subir a los estrados en los que se hacía necesaria su condición académica y ductora. Entre esos saberes hizo debatir su vida, y eso lo convierte en sujeto trascendente, sin duda; en memoria y anhelo, como si dijéramos que aprender de su memoria es una buena forma de ser y de vivir.
Prada tiene muchas singularidades. Su plenitud es abarcadora. La irradiación de su personalidad tiene vértices que apuntan en muchas direcciones, como si se buscara en los demás y no en sí mismo. Esto último es un rasgo esencial de su personalidad: dar de sí, la entrega, a veces a una sola causa. Y esto es plausible. Otras veces, como su caso, entregarse también a una causa múltiple, pues fue un hombre incansable en el propósito del bien social común, de que la sociedad se dirija a un estatus solidario y compartido entre todos sin distingos, a que la existencia humana tenga un sentido de bienestar, de buena conciencia y  ética que conduzca con luminosidad a todo lo ancho del camino abierto. Puedo parafrasear y hacer uso de un lenguaje, apropiarme de otro lenguaje y hacerlo mío y decir con él: “en el bien, hay que buscar el bien y no la complacencia en uno mismo”, como hizo Prada siempre. Y todos los que lo conocimos podemos dar testimonio  de que él fue  así; que él siempre fue  así.
En otro sentido, puedo decir que Francisco Prada era hombre de saber culto, con una muy buena conformación cultural. En lo particular lo admiraba por la afluencia que encontraba en su palabra, en la expresión densa y rigurosa
de su conceptualidad. Pocas veces fue a un programa que yo conducía en la radio, y al hablar él, yo infería que estaba delante de un hombre intelectualmente bien formado, trajinado por una adquisición humanística de gran densidad, manejador de un consumado lenguaje formal, tanto que desafiaba al conocimiento por el   mismo conocimiento que tenía de las cosas. Y eso es muy importante para el liderazgo, y Prada fue un líder en plenitud expresiva porque conmovía y convencía con la palabra y, de igual forma por su praxis conductual. A cualquiera le gustaba leerlo también cuando era el género ensayístico o el simple artículo escrito, lo que le permita expresar su vasta ideología cultural, política, sociológica, filosófica, artística, porque manejó la dimensión del saber culto como un humanista en plenitud.
A veces uno se tropieza con individuos, o mejor, ciudadanos, porque ciudadanía es consciencia. Y provoca hacerles una petición o sugerencia. Podría decirse, no sé, si es un atrevimiento la propuesta, pero provoca hacerla. Es la de pedirles que aprovechen ese don, la plenitud de su lenguaje, la elevación del conocimiento poseído para expresarlos en obra escrita, que los hará trascendentes, sin duda. Hay  personajes en medio de nosotros que tienen esa capacidad adquirida, no sé si en­tre dones naturales y logrados. Pero cuánta memoria se ha perdido por el no hacer, por falta de esa necesaria entrega a la escritura de una pedagogía to­tal. Mi sugestión la he realizado a tres personalidades trujillanas: al Dr. Víctor Valera Martínez, a la Dra. Diana Rengifo de Briceño y la tercera personalidad a la que hice mi propuesta fue, precisamente, Francisco Prada, por signos de admiración y por el reconocimiento que daba a su formación intelectual, con la que seguramente pudo llenarnos de buenos libros que lo harían también, en la trascendencia del tiempo, una memoria escrita, una de las mejores y mayores memorias escritas de toda la bibliografía trujillana.
Otra faceta de la personalidad de este ciudadano a quien se exalta como premio moral, era sin duda, su don de gente, su calidad humana. La sencillez viene a ser también una grandeza en la persona, que la constituye en una referencia social colectiva. Eso fue Prada entre nosotros: una referencia social coti­diana, sobre todo en los últimos años de su vida que los dejó transcurrir por estas calles, y con un trato colectivo. Eso lo engrandecía aún más y lo hacía feliz, saber que era  un ser humano transitando entre el común de los seres humanos contemporáneos. Saber que la vida más auténtica es la que se vive en un diarismo coloquial, sencillo, comunicante; ese sabor a pueblo que llena las alforjas del espíritu por encima de cualquier otra riqueza; esa palabra dicha o escuchada en un diálogo fraterno, franco y cordial, en el que  los sintagmas de la  familiaridad se hacen núcleos expresivos, como que todos le decíamos “Flaco” para identificarlo, con el gesto y la risa por delante, en un recodo o en el alero de una casa; en la ventanilla del carro o en el momento de la compra del periódico. En todo lugar posible, los trujillanos y los no trujillanos, topábamos con la amistad de Francisco Prada, y ese signo amistoso es ahora una pedurabilidad de su tiempo en el espacio integral de la trujillanía.
Y el Museo Salvador Valero. Cómo no perpetuar el nombre de Francisco Prada  en los aposentos de esta casa de la cultura popular y académica, en el seno de la Universidad, que Museo y Universidad fueron hogar de Prada, no para la pernoctación sino para la gran aventura de su capacidad y sentimiento humanos. Constituyente social integral de esta institución. Fortaleció el espíritu existencial de este Museo por las intensas cruzadas de lucha que supo dar para su consolidación y su esplendencia. Personaje de primera fila cuando hubo que dar un grito de angustia   por las calamidades y penurias de la institución; pero también gritó muy fuerte el ¡hurra! colectivo de la celebración y de la gloria, constituyentes importantes en la dimensión existencial de este centro de la cultura plástica. Por él entonces, a la historia no la vamos a considerar como un hecho ya vivido, sino que tiene, a su vez, los signos prospectivos de una memoria por hacer, de una plenitud por lograr, de nuevos retos y compromisos que deben venir en los espacios de los tiempos prospectivamente, como misión y visión, y razón de ser también del museo popular que lleva el nombre imperecedero de Salvador Valero.
Finalmente, me gustaría decir que la palabra juntura, no es muy eufónica que se diga, pero aquí contiene o le queremos dar una significancia simbólica, porque recordamos con fidelidad la emoción filial y la vasta identidad espiritual de la expresión ¡SALVADOR!, que emitió Prada, cuando entraron a este recinto en la urnita blanca los restos inmortales de Salvador Valero. Y lo digo, porque, constituye un hermoso acto simbólico el que ahora se junten en estos aposentos los nombres portentosos de Salvador Valero y de Francisco Prada, como hermandad que será plenitud de memoria identitaria, otra presencia luminosa que hará más grande al Centro por los nombres y la fuerza espiritual desparramada, como la mágica miel cromática de las ya múltiples obras de creación artística que plenan y ornan la grandiosa biografía de este instituto, como el mayor referente de la vida cultural trujillana.
 Felicitamos entonces a los autores de esta acertada disposición: a la profesora Carmen Araujo y su valioso equipo; a su esposa Laura Pérez Carmona de Prada, hijos y familiares, a las autoridades universitarias, a los creadores plásticos y otras personas involucradas, porque vemos que sigue en ascenso la dimensión del Museo Salvador Valero, en sus realizaciones y en sus valores.